Harun al-Rashid

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Por los Barrios Altos de Lima

SÁBADO, 17 DE SEPTIEMBRE DE 2011

Para mi hijo Luis Adolfo, con especial afecto

Descalzas y Las Cruces.

 Convento de Las Descalzas e inicio de la calle de Las Cruces
En horas de la tarde, cualquier día al final de los años cuarenta

Esquina de Las Cruces con subida de Santa Clara. El olor de la tienda de chino era peculiar para una pituitaria con escasos doce años entre los mortales de este antiguo barrio limeño: era uno cargado -el que provenía de la exótica especería oriental- que difería de los olores de pulpería de italiano o de las panaderías, por entonces a cargo de japoneses.

La tienda de chino, aledaña a la esquina de mi casa, sumaba al olor añejo algo del penetrante aguardiente de caña o de uva, que se expendía en la discreta trastienda donde no faltaban furtivos y constantes parroquianos. El oriental vendía de todo, generalmente al menudeo y eran moneda corriente las pesetas, los chicos y los gordos, cobres subsidiarios del Sol de Oro.

En diagonal, esquina de Rufas con Buena Muerte abría por entonces una panadería que horneaba, entre otras masas, un pan francés de a medio real (0.05 de sol) que era una delicia. El tradicional lunch o lonche, ese merendar antes de la cena de antaño, necesitaba de buen pan francés todavía caliente y dorada corteza, mantequilla cremosa para acompañar una taza de café con leche. Era lo tradicional en casa.

Los olores de Lima en aquel lugar de los Barrios Altos, a partir de las cuatro de la tarde se cargaban del picante aroma que traía el viento directamente de la anticuchera que sentaba plaza en la esquina cercana. De ese carretón donde una hornilla de hierro fundido alimentado con carbón avivado con abanico de mimbre, daba fuego a una extendida parrilla en la que se asaban trepidantes, entre chispas y humo, los trozos ensartados de anticucho, la pancita o los choncholíes (argentinismo que los limeños han trocado del porteño chinchulines) Todo amorosamente adobado, untado mediante unas brochas vegetales con los jugos mágicos y olorosos de fuerte especiería donde resalta el comino; las papas, generalmente arenosas y camote amarillo doraban en otra sartén en su baño de aceite borboteante; y, por separado, en una gran olla con la tapa cubierta con tela blanca para evitar perder el vapor, los robustos choclos que sirven de guarnición.

Próximo a salir la nueva hornada de pan francés, pues era obligado el pan caliente, los parroquianos aguardábamos y, entretanto, la avecindada anticuchera vendía que daba gusto a su numerosa clientela harto conocida.

Había de los que se servían sentados en las cortas bancas que ofrecía la simpática mujer -una robusta mulata- o en su caso el viandante se llevaba en pancas de choclo, luego de pagar unos pocos centavos, colocar ritual y diligente algo del sabroso ají para enrostrar entonces con fruición ese apetitoso anticucho, la fina pancita o los deliciosos choncholíes. Tampoco faltaban los dorados y crocantes picarones con aquella miel de caña que les hace tan particulares y limeños.

Dos horas después quedaba solitaria nuestra vivandera, aquella negra, con los últimos rezagos de sus delicias entre las chispas que alumbraban su moreno rostro donde destacaban por contraste unos blanquísimos dientes, a la mortecina luz de un elevado poste del que pendía un foco que tenía por guarda un disco de metal aporcelanado.

Espectar la noche desde una de las ventanas de la casa en Las Cruces, era no menos interesante: por la izquierda, esto es el Sur, la alumbrada Plazuela de Santa Ana y la torre de la Iglesia de las Descalzas al final de la larguísima calle. En aquella amplia y larga plazuela se acomodaban por entonces los cine-teatro Mazzi, que ofrecía generalmente a la numerosa colonia china películas y, al frente, Francisco Pizarro de moderno corte con frescos laterales al relieve del pintor y escultor Rossi en la amplia sala; la Dirección General de Gobierno y Policía con aquel imponente techo versallesco y el referido convento de las Descalzas, en diagonal con la igualmente imponente Iglesia de Santa Ana. En el extremo se levanta la estatua del sabio Antonio Raymondi con su lupa examinando alguna exótica especie.

 Las Cruces que dan nombre a la cuarta cuadra del Jr. Huanta

 Las cruces que dan nombre a esta antigua calle de los Barrios Altos

A la calle Las Cruces seguían en numeración ascendente, Plazuela de Santa Ana, Sacristía de Santa Ana, Plazuela de San Bartolomé, Mestas y finalmente Doña Elvira, las seis calles que forman el Jirón Huanta.

  Grabado de Sta. Ana

 Angrand,  Leonce. Apunte a lápiz. Calle Sacristía de Santa Ana, hacia Las Cruces y el cerro San Cristóbal. S XIX

Por la derecha, el Norte, la primera cuadra de aquel jirón, la muy larga calle Rufas con el fondo del San Cristóbal y su gran cruz; en la vereda subiendo hacia Viterbo se puede ver, algo oculta, la puerta de la Logia Cordano que luce en su frontis greco-romano el curioso cuando no paradójico lema: La más honrada de las logias de Lima (Consecuencia de algún cisma masónico de vieja data)

Al frente, por encima de los techos planos, las torres de las iglesias Trinitarias y las de la Buena Muerte con su hospital de los padres de la Orden de los Betlemitas o San Camilo, sacerdotes destinados al bien morir o para asistir a los moribundos en sus postreros momentos. Por entonces tañían las campanas en la ciudad con sones peculiares y regulares.

Raras veces se daba plenilunio o algún cielo estrellado, lo común era el característico color del cielo de Lima, blanco panza’e burro como solía escuchar de algunos criollos del barrio y, en el largo invierno, la fina garúa o remedo de lluvia que no llega a ser.

Lima, sábado, 17 de septiembre de 2011.

 ¨lazuela de Santa Ana o Plaza Italia

 Antigua Plazuela Italia, foto de comienzos del SXX

Anticuchera limeña

Anticuchera limeña

Publicado por Luis Siabala Valer

Fotos de INTERNET

Foto, las tres cruces de Las Descalzas, del autor

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La primera lanza de Colombia

MARTES, 10 DE JUNIO DE 2008

 Operaciones militares de la guerra con la Gran Colombia (1828-1829)

Lanceros de la sabana

El llanero grancolombiano José María Camacaro desafía al peruano que se atreviera a tomarle el reto de duelo a lanza en Portete de Tarqui (Cuenca, Ecuador, 27 febrero 1829)

Emblema 2 [Máximo Ancho 640 Máxima Altura 480]

[…] de esa forma, agrega el oficial de caballería grancolombiano que llegó al campo peruano con bandera de parlamento, si el contendiente peruano resulta vencedor las tropas colombianas, que son en mayoría, dejarán a las peruanas la retirada y podrá evitarse la derrota que de seguro sobrevendrá sino no se acepta el ofrecimiento que hace mi comandante Camacaro, la primera lanza de Colombia, de batirse a caballo y lanza con quien se atreva a aceptar este reto […]

Los llaneros del Apure

Eran los días cuando el gobernador español Domingo de Monteverde se enfrentaba a las tropas de Simón Bolívar, que el criollo y realista José Tomás Boves, en la llamada guerra a muerte, feroz enemigo de los independentistas grancolombianos, tenía reclutados a los peones de las estancias ganaderas de las sabanas a orillas del Apure, en la jurisdicción de San Fernando del Apure, gran río tributario del caudaloso Orinoco, en la actual Venezuela.

Con ellos las victorias sangrientas y sin cuartel se sucedían. La independencia debería esperar hasta la batalla de Carabobo en 1820. Aquel día los llaneros de José Antonio Páez darían cuenta de su ferocidad dentro de las tropas realistas.

Desde las épocas más remotas los españoles habían confiado la crianza de sus preciados bovinos que pacían de los grandes espacios de la cálida llanura a estos habilísimos jinetes vestidos con el blanco liqui-liqui que su nombre proviene del francés liquette que así llamaban en Francia a una guerrera inspirada en la casaca inglesa y que llegó a Venezuela de las manos de unos viajeros caribeños.

Este atuendo es el traje típico nacional venezolano, como que lo habían heredado de los grancolombianos. No olvidar que Ecuador, Colombia y Venezuela vienen a tomar esas denominaciones recién en 1830 después de la revolución de José Antonio Páez, levantado contra Bolívar, cuando se subdivide la Gran Colombia.

Usado por los llaneros gracias a su frescura y duración consiste en un traje completo, generalmente elaborado con lino o dril valenciano, de color claro, beige o blanco, con pantalón y la camisa holgada de cuello redondo que se mantiene cerrada con una yunta o mancuerna. Cuatro bolsillos dispuestos simétricamente completan el conjunto que le da al llanero una discreta elegancia.

Un sombrero de cogollo o de pelo’e guama, identifican al criollo que viste de fresco liqui-liqui con el que mitiga la inclemencia de las llanuras venezolanas.

Jinetes de hermosos caballos de origen andaluz, expertos desde la más tierna infancia en los secretos de la doma y la ganadería no requerían de botas pues confiaban en sus pies descalzos donde una costra poderosa suplía a la mejor suela y desdeñaban las cómodas monturas para realizar su cotidiana faena. Sus largas perchas, garrochas, picas o lanzas, eran su herramienta, con ella azuzaban a las reses la obediencia y el arreo, con ellas estos centauros también zanjaban sus diferencias y acudían al combate.

La guerra los había reclutado de ambos bandos. Pero sin duda, eran el general José Antonio Páez, vencedor de Carabobo y José María Camacaro lo mejor en asuntos de lanza y caballo.

Simón Bolívar Palacios

Simón Bolívar, por José Gil de CastroCon las victorias de Junín y Ayacucho el ex Perú colonial pasaba ahora a confrontar las consecuencias de su independencia. La ocupación del Perú, en su mayoría, de las tropas grancolombianas y la directa injerencia del Libertador en los destinos y determinación territoriales, premunido para esto de poderes suficientes del Congreso nacional, acarreaban problemas.

No se lograba, de un lado, con el escaso –por no decir ningún erario nacional- partida alguna que no fuese la proveniente de empréstitos para solventar el cuantioso mantenimiento de tropas y bestias y, de otro, los asuntos de gobierno no armonizaban entre quienes asumieron el mandato a la salida del Perú del Protector don José de San Martín, con los del Libertador grancolombiano.

La tirantez entre Riva Agüero y Bolívar iba en aumento. El célebre general caraqueño no las tenía todas consigo, su epistolario de aquella época así lo muestra. Además, sumamos lo dicho a las intrigas de quienes habían quedado al mando de Colombia, fueron finalmente estos los motivos principales de la salida de Bolívar del Perú.

Antes, el gobierno peruano votó el pago de una cuantiosa suma en moneda de oro para gratificar los exitosos esfuerzos del encumbrado jefe, de sus comandantes y tropa en general. Asumía entonces el Perú una deuda pactada con la colonia británica que habría de honrarla con dificultad y mucho apremio.

No había gustado a la clase conservadora peruana, la directa decisión de Bolívar, comunicada al mariscal Antonio José de Sucre y Alcalá, a la sazón en el Alto Perú, para que haciendo eco de los movimientos separatistas seccionara el sur peruano con el nombre de República de Bolívar. De esta forma nuestros viejos límites con Chile por la orilla del Paposo o Salado se retraían a las orillas del Loa dando paso de esta mutilante forma a la provincia litoral de Atacama jurisdicción de la naciente república del Ande.

Tampoco su directa intervención para que Guayaquil, que había sido peruana siguiera siéndolo, al igual que Jaén y Maynas. Es decir, las escisiones territoriales no cuadraban, como era natural, a ningún peruano.

Molesto por estas circunstancias y dado el hecho que José Domingo de La Mar, Mariscal Jose de La MarPresidente del Perú había organizado dos ejércitos, el uno para marchar al sur y recuperar el Alto Perú a cargo del general Gamarra y el otro, a las órdenes del general Necochea, partiera al norte para asegurar o evitar la segregación anunciada del territorio nacional, Bolívar optó por la declaratoria de guerra, en julio de 1828.

La Mar, al frente de las tropas, se encaminó entonces con dirección al Ecuador, departamento de Colombia. El 28 de noviembre de 1828 penetró y ocupó Loja y todo el departamento de Azuay; posteriormente también Guayaquil, puerto que fue evacuado por el general colombiano Juan Illingworth a la espera de refuerzos.

Antonio José de Sucre, el mariscal de Ayacucho, entonces de vuelta a Quito tras renunciar a la presidencia de Bolivia, obligado por Santa Cruz, se unió al general Juan José Flores, gobernador del departamento del Ecuador, concentró el ejército del sur de Colombia cerca de Cuenca para presionar a las tropas peruanas, que el 10 de febrero de 1829 la habían ocupado. Dígase de paso que el mariscal La Mar era natural de Cuenca y se sentía peruano sin la menor duda.

Batalla del Portete de Tarqui

El 27 de febrero de 1829 en el llamado Portete de Tarqui, a pocos kilómetros de Cuenca, tropas de la Gran Colombia, comandadas por Antonio José de Sucre y Juan José Flores enfrentan a las peruanas de José de La Mar, presidente del Perú en campaña.

La mañana del día 27 y después de una larga marcha que duró toda la noche anterior, el mariscal Sucre consiguió situar la 1ra División colombiana de 1600 hombres compuesta por tres batallones y un escuadrón al norte de la llanura de Tarqui en posición ventajosa, mientras esperaba la llegada de la segunda división.

Mientras tanto, en cumplimiento de las órdenes de La Mar, la vanguardia peruana del general Plaza fuerte de 900 infantes avanzaba sobre el portete.

La batalla dio inicio cuando la avanzada peruana de reconocimiento del capitán Uria tropezó con la grancolombiana del capitán Piedrahita; trabase entonces un sangriento combate que comprometió al batallón Cedeño, comandado por el célebre y temido lancero, José María Camacaro y al resto de la División peruana de Plaza. El desorden inicial de la batalla y la falta de visibilidad hizo que estos batallones se enfrentaran entre ellos.

El general Juan José Flores, por su lado, consiguió penetrar los bosques que le separaban del enemigo y organizar un ataque conjunto de los diversos batallones.

Superado en número y con las municiones agotadas el general Plaza ordenó el repliegue en busca del grueso del ejército peruano y encargó proteger la retirada al coronel Quiroz quien fue de inmediato acosado por la infantería y caballería grancolombianas.

Cuando a las 7 de la mañana el resto del ejército peruano de La Mar arribó al campo ya la división de Plaza había sido batida y el enemigo ocupaba su posición. El batallón Pichincha que protegía el flanco de La Mar fue obligado a retirarse no sin sufrir fuertes pérdidas mientras que los dispersos de la división Plaza impidieron que el comandante Salaverry se posicionara en el desfiladero.

Viendo que el Portete de Tarqui ya había sido tomado por el ejercito grancolombiano La Mar dispuso la retirada del ejército hacia Girón, posición un tanto a la retaguardia. Entonces la caballería grancolombiana del coronel O’Leary intentó cortar la retirada de la infantería peruana, en vista de ello el general argentino Mariano Necochea al frente de los Húsares de Junín comandó una carga de caballería que consiguió desbaratar a la caballería contraria y detener el avance de su infantería protegiendo de tal manera la retirada de la división peruana.

La historia ha recogido en este momento el célebre duelo a lanza del coronel peruano Domingo Nieto, jefe del primer escuadrón de los Húsares de Junín con su valiente retador comandante Camacaro que mandaba al escuadrón Cedeño.

Duelo a lanza, Camacaro – Nieto

Escuchado el parlamento colombiano, según el exordio con que empezamos este artículo, el coronel Nieto aceptó el desafío confiado que las condiciones eran caballerosas y de esta forma podría evitarse derramar más sangre y una retirada sin mayores consecuencias.

Se hizo la liza en el propio campo; los lanceros de los llanos vivan de anticipado el triunfo de la primera lanza de Colombia, pues bastante muestra de ello había ofrecido Camacaro con los numerosos enemigos que había dejado muertos en todas las batallas, asunto que lo hizo famoso y temido por lo certero de su lanza:

Las tropas contendientes espectaron con subido interés las evoluciones de aquellos caballeros que afianzando sus cabalgaduras y con sus lanzas en ristre se acometieron al galope.

El choque fue contundente, para sorpresa de los más que hicieron sepulcral silencio, Camacaro fue atravesado y levantado en vilo de su silla por la diestra lanza de Domingo Nieto quien de esta forma puso fin a los días del invicto llanero de la sabana. Las condiciones pactadas no se cumplieron y los colombianos con furor vengativo atacaron en masa.

Necochea cargó entonces con sus Húsares de Junín.

El grueso del ejercito grancolombiano consideró prudente conservar su posición mientras que el peruano logró replegarse en orden y formar sus divisiones en la llanura.

Las bajas del Portete de Tarqui fueron considerables para el ejército peruano que dejó 1000 hombres entre muertos y heridos y 300 prisioneros mientras que el grancolombiano confesó 400 bajas en combate, a los que hay que agregar 600 reclutas desertores.

Firmado el Tratado de Girón, La Mar aceptó las condiciones de Sucre. Las fuerzas peruanas se habrían de retirar del departamento de Azuay y abandonar todas las plazas ocupadas. Si bien las fuerzas derrotadas se retiraron, La Mar se negó a entregar Guayaquil y se preparó para iniciar una nueva ofensiva.

Durante cinco meses la guerra se estabilizó pues la armada peruana aún continuaba dueña del mar y bloqueando el principal puerto a orillas del Guayas; el ejército grancolombiano no se hallaba en condiciones de intentar rescatarlo. Finalmente el mismo Bolívar se había desplazado hacia el sur para dirigir la campaña y recuperar Guayaquil.

La guerra acabó con un inesperado golpe de estado en Lima que encabezó el general Agustín Gamarra que de esta forma derrocó al gran mariscal José de La Mar Cortázar y lo deportó, innecesariamente, a Costa Rica donde algún tiempo después murió. El nuevo gobierno de Gamarra cesó las hostilidades y entregó Guayaquil el 20 de julio.

El 22 de septiembre de 1829 se firmó un tratado de paz en Guayaquil y se preparó una comisión mixta para fijar definitivamente los límites entre ambos países.

No obstante la disolución de la Gran Colombia pocos meses después dejó unas conclusiones poco claras, en gran parte por un desacuerdo sobre la cédula real de 1802, que señalaba los obispados de Maynas y Quijos como parte del virreinato de Lima, en lugar de la Real Audiencia de Quito, donde habían pertenecido hasta entonces.

Este fue el origen del largo conflicto fronterizo entre Ecuador y el Perú.

Mariscal Domingo Nieto Marquez

Domingo Nieto y Márquez, prominente hombre de la caballería peruana, había nacido en el puerto de Ilo, Moquegua, el 15 de agosto de 1803. Descendía de los condes de Alastaya. Fue presidente provisorio de la república de 1843 a 1844; falleció en el Cusco, el 27 de febrero de 1844; recibió en vida el seudónimo de El Quijote de la Ley.

El Regimiento de Escolta Mariscal Nieto fue la escolta presidencial hasta el primer gobierno del actual mandatario del Perú quien, relegándolo, lo entregó a los Húsares de Junín. Empero, el actual presidente Ollanta Humala Tasso ha restituido al Regimiento Escolta del Presidente, Mariscal Nieto, a su antigua posición en palacio.

Fuentes

Historia Militar del Perú. Tomo II. Carlos Dellepiane. Teniente coronel de caballería. Lima, 1931

Historia de la República del Perú. Octava edición Jorge Basadre

Formación de la República. Reynaldo Moya Espinoza.

Efigie de Domingo Nieto, de Wikipedia

Llaneros de la sabana Internet

Presidentes del Perú

http://lsiabala-almanzur.blogspot.com/2008/02/presidentes-del-per.html

Publicado por Luis Siabala Valer

Artículo refernte. Wikipedia:

https://es.wikipedia.org/wiki/Jos%C3%A9_Mar%C3%ADa_Camacaro

Pablo Alberto Livia Robles dijo…

Mi siempre querido y siempre ponderado Lucho:

La lectura de esta tu reseña y de las otras que he tenido el privilegio de leer anteriormente, creo me permiten manifestar mi complacencia y agrado en la forma tan interesante de ilustrarnos.

Siempre a tus órdenes.

Pablo

 

Los silencios de la plaza

A la memoria de don Fernando Marcet Salazar;  y dedicado con especial afecto para don José Ruiz Ramos, estupendo amigo cordobés

 

Por todo lo alto

Cuando los terrenos del toro se mezclan con los del torero, ronda la muerte. Gregorio Corrochano

Séame permitido ensayar sobre este puntual asunto, lo recogí de un entrañable amigo que ya no está entre nosotros, que había comparado en iguales situaciones, aquello de los silencios que no lo eran del todo ni en la maravillosa Real Plaza de la Maestranza de Sevilla ni tampoco en la matritense de Las Ventas, pero si en Lima; el me contó y yo quisiera interpretarlo.

El arte del toreo es asunto de pocos, pero tema de muchos. Es conciencia cargada de sangre, miedo, fuerza, olor, color, ovación y música… pero también de silencio… uno sepulcral como el que suele producirse en notables tardes en la longeva de la ducentésima cuadragésima octava de existente Plaza de Acho, nuestra vieja y querida Plaza firme del otero de Acho; silencio premonitorio de pinturera suerte o en fatal extremo, violenta muerte.

Es producto de la cita del destino de la pareja singular que hacen hombre y bestia con la compañera muerte, la infaltable chaperona que simboliza el luto, por muerte forzosa del toro o en ocasiones la del torero, que también la hubo de ambos, entonces se dijo que se murió matando, he aquí lo épico del drama.

Correr los toros lleva inmersa estas potenciales condiciones. Así fue siempre y así lo seguirá siendo. El primitivo ser que mora dentro del aficionado de todos los tiempos y latitudes lo sabe y así lo espera. Se dice que el arte de la lidia resulta de la mezcla de los miedos del toro y los del torero; sumados a los del expectante público, añadimos.

Es muy cierto aquello que se murmura o dice quedo: Cuando los terrenos del toro se mezclan con los del torero, ronda la muerte. Esas son las ocasiones que se hacen los silencios…

Los terrenos del toro son defendidos por el burel que no tolera invasión alguna, asunto que conoce el matador. Será necesario en ocasiones, empero, tentar al destino y para lucir aquella suerte habrá de invadir esas áreas que le son vedadas: entonces dentro, en terreno ajeno… paso a paso, medio paso, tendida y templada la muleta citará y cargará la suerte; se hará entonces aquel silencio, luego el astado instintivo y bravo, arrancará para hacer la historia y cumplir el destino.

Los conocedores quedan suspensos en los tendidos y el tiempo parece detenerse durante aquellos instantes… y la muerte, conspicua acechadora de los ruedos, espera su momento, aguarda calculadora; es lívida dama de blancos y largos tules que empuña la guadaña con un negro crespón, la que siempre acompaña a los rivales en la lidia: el uno, pletórico de instinto, poderosa acometida, armada cornamenta y gran musculatura; el otro, debilísimo de estructura, dotado tan solo de su acusado juicio, experta mano y un valor que ya rezó sus oraciones.

Está sonando el clarín señal del cambio de tercio, el último tercio. El sol va picante; aquella mujer del tendido de sombra, la de sedosa cabellera, mordisquea nerviosa el tallo de un clavel…

Ya se dejó la muleta, es el turno del estoque de matar… un extendido rumor recorre la plaza…

Logotoro

Publicado originalmente el SÁBADO, 9 DE ABRIL DE 2011 [0:48] por Luis Siabala Valer

Las brigadas Arrate y Camús

 Junta de Iquique, 1891

Junta de Gobierno con sede en Iquique

Episodios de la guerra civil de 1891 en Chile y sus repercusiones en el Perú

La conflagración que azotó Chile, entre enero de 1891 y septiembre del mismo, provocada por la sublevación de la Armada al mando del capitán Jorge Montt y el Congreso Nacional en contra del presidente José Manuel Balmaceda Fernández, cuyas causas las hemos expresado en John North, el Rey del Salitre (Ver), tuvo dramáticas consecuencias por la severidad y encono con que los contendientes la pelearon, procurándose un mutuo exterminio. Tres de estas consecuencias o implicancias fueron internacionales.

Los extremos de crueldad, por ambas partes, hicieron que dos brigadas constitucionalistas, la una con un efectivo algo mayor a quinientos hombres, de las tres armas, al mando del coronel Miguel Arrate, jefe político-militar de la provincia peruana de Tacna bajo ocupación, buscara urgente socorro peruano cruzando la frontera de Sama, donde esta brigada se entregó. Desarmadas, las tropas chilenas fueron conducidas a la ciudad de Arequipa, allí quedaron internadas para ser devueltas a Chile finalizada la contienda, en octubre de 1891.

La otra, al mando del coronel Hermógenes Camus, jefe de los regimientos Buín, o primero de línea, Arica o cuarto de línea y los batallones Andes, Linares y Mulchén, bajo pena de exterminio después de la batalla de Pozo Almonte, se vio precisada también a salvar la vida internándose en las alturas del territorio boliviano por los salares de Uyuni y de allí ingresó en el argentino donde marchó, en franca violación territorial, con sus armas y banderas sin ser molestada por las estupefactas autoridades argentinas, desde Salta hasta San Juan y repasando la cordillera por San Francisco, antes de lo cual fue desarmada pero el coronel Camus se negó a ser internado; continuó su larga pero ordenada marcha, llegó a Santiago y se puso nuevamente a disposición del presidente Balmaceda.

Posteriormente el gobierno de Buenos Aires levantó una ruidosa protesta que terminó con la promesa de Balmaceda que el regimiento de Hermógenes Camus ya no participaría de la contienda civil. Pero este esforzado refuerzo militar, pese a todo, llegó en hora menguada para la suerte del infortunado mandatario quien, poco después y como resultado de las batallas de Concón y Placilla, tomó asilo en la legación argentina de Santiago y después de escribir su célebre Testamento Político, puso fin a sus días con un disparo en la cabeza, el 19 de septiembre de 1891, fecha que finalizaba también su mandato constitucional.

Las violaciones territoriales de las fronteras del Perú, Bolivia y Argentina, resultan hechos notables,  de alguna manera contempladas por el derecho internacional público, marcadas por un estado imperioso de necesidad, dada la naturaleza de la pugna, las naciones de soslayo involucradas y las condiciones vertiginosas de los acontecimientos; recrean también el sentimiento en boga por aquellos días.

Debido a la implicancia que tuvo con el Perú, la suerte de la brigada Arrate es la que historiamos de manera breve, no sin antes ilustrar sobre los motivos y algunos hechos de aquella guerra civil -en cierta forma corolario de la llamada Guerra del Pacífico cuyo apropiado nombre debe ser Guerra del Salitre- revolución institucional que tanto daño causó a la nación vecina.

Antecedentes premonitorios de la contienda

La calidad de nuevo rico que habría asumido Chile, inmediatamente de la captura del litoral boliviano de Antofagasta y consecuentemente la provincia litoral peruana de Tarapacá; el usufructo del salitre y las pingües ganancias por la venta del mineral, complemento básico para la fabricación de la pólvora y por aquellos tiempos muy demandado como eficaz abono para las empobrecidas tierras europeas, no necesariamente había enriquecido a Chile que empeñoso de poseer la riqueza de sus vecinos gastó en armas, derramó sangre propia y ajena y se apropió de un territorio en el norte con lo que hizo cambiar su propio mapa desde 1879, arrastrando un estado de permanente intranquilidad, pese a los tratados, que le impone la necesidad, hasta la fecha de esta crónica, de preservar aquellos territorios manteniendo tropa y costoso equipo militar.

Por entonces el gobierno del Perú lo ejercía el general Remigio Morales Bermúdez, quien había sucedido en el mando de la república al general Andrés A. Cáceres, el brillante soldado de la resistencia de la sierra. La nueva frontera con Chile, con arreglo a los ajustes, se ubicaba en el valle del río Sama, al norte de Tacna. El Perú se reconstituía paulatinamente, con serena firmeza.

Pero en Chile se confrontaba un estado de tensión política por el usufructo real del rico salitre llamado también oro blanco, pues con la guerra y como consecuencia de ella habían pasado las oficinas salitreras altamente productivas a manos del hábil especulador inglés John North, apodado por ello el Rey del Salitre no así para el novísimo y victorioso poseedor por conquista, mercantilmente hablando, para quien le quedaban únicamente las empobrecidas, caducas o nada importantes usinas dejadas abandonadas por el magnate inglés.

Esta situación sumada a la generada por la gran corruptela que sembró North, dentro de las autoridades y los políticos, llegó al extremo asombroso que en aquellas provincias capturadas, allí donde ejercía poder comercial el intruso inglés como detentador soberano, se había establecido un bien demarcado coto de caza privado. No se objetaba esta anómala situación y el astuto británico sabía recompensar con largueza tamaña tolerancia.

Nada, absolutamente nada, se podía hacer sin su aquiescencia. Las autoridades políticas y administrativas debían contar con la venia del gerente señor Dawnson, y la santificación del imprescindible abogado de North, Julio Zagers, importantísimos apoderados del magnate, por entonces cómodo residente en su mansión de Avery Hill, Eltham, Kent, cerca a Londres.

Para colocar un nuevo jefe de aduana, un supervisor, o simple jefe de ferrocarriles; etc, etc, así lo ha reconocido la propia historiografía chilena, debían ser consultados estos omnímodos mandatarios. Un interesante caso donde se conjugan derechos reales, tenencia privada, soberanía nacional y moral pública.

Refiriéndose a Dawnson, insertamos la cruda expresión de los hechos, de don Mario Barros van Buren, del servicio diplomático de Chile, tomada en glosa de su libro Historia Diplomática de Chile, que nos releva de mayores comentarios:

“Para mover un empleado público, para empedrar una calle, para decir un discurso, para dictar un reglamento de aduanas, había que consultarle. Los grandes magnates chilenos lo elevaron a su nivel sin la menor dificultad. North se siguió encumbrando por encima de esa aristocracia monetizada que tan humillada se le ofrecía. Su abogado en Santiago, don Julio Zagers, se convirtió en el árbitro de la política chilena. De su “carta blanca” salían los fondos para las elecciones, las coimas para los empleados difíciles, los regalos para los incorruptibles, los grandes bailes para la sociedad. Las listas de diputados y senadores solían pasar por sus manos, porque los partidarios requerían el “consejo y la colaboración” del gran hombre de la City. Los documentos han echado luz sobre la enorme corrupción que North sembró sobre una clase social que, cegada por el oro, torció una de las tradiciones más nobles de la historia chilena: Su austeridad. Si bien la profecía de don Manuel Montt de que el salitre pudriría las riquezas morales del pueblo chileno no se cumplió en toda su extensión, podemos decir que engendró a una capa social sobre la que descansaba, precisamente, la estabilidad institucional de un régimen y una tradición de mando.”

Balmaceda

Pero don José Manuel Balmaceda Fernández, miembro de la aristocracia del latifundio agrícola, había accedido al poder con las elecciones de 1886 y tenía muy claro y presente aquel poder que ejercía North en el norte salitrero que se toleraba por acción de la corruptela que había sembrado el inglés que ponía en entredicho las viejas y sobrias virtudes nacionales y enfrentaba la eclosión de una riqueza ganada por la fuerza de las armas, pero de cuyo usufructo resultaba una nula actividad, por decir lo menos, en favor de la arcas fiscales chilenas. Se empeñó entonces con energía en una campaña para revertir de alguna forma esta situación dándole frente al estado anómalo de cosas, sin apartarse de su política liberal, pero teniendo presente el espíritu portaliano que lo embargaba.

La campaña que asumió Balmaceda para restaurar la dignidad nacional con ejecución de importantes obras de elevado gasto público, jamás emprendidas en Chile, su marcada y recíproca oposición con la mayoría parlamentaria, sumada a la fría y cortante entrevista que concedió al magnate North quien había viajado exclusivamente para tal efecto desde Inglaterra, termina enemistándolo con el Congreso Nacional, en cuyo seno el abogado Zagers ejercía importante dominio.

Se produjo entonces el hecho histórico –sospechosamente coincidente por supuesto- que al retiro de North, después de su fracasada entrevista para no regresar jamás, el jefe de la Armada, comandante Jorge Montt Álvarez, embarcara a los miembros del Parlamento, zarpara a Iquique y en ese antiguo puerto peruano formara cabeza del gobierno revolucionario contra el presidente en ejercicio constitucional. El comunicado revolucionario se expresó de esta manera:

Acta suscrita por la mayoría de ambas cámaras del Congreso Nacional

Nosotros, los representantes del pueblo chileno en el Congreso Nacional, teniendo en consideración:

1. Que los numerosos delitos cometidos por las autoridades administrativas contra el poder electoral de la República, para falsear la espresión (sic) de la voluntad soberana del pueblo en las elecciones, han sido amparados y protejidos (sic) por el Presidente de la República y sus ministros, desoyendo las representaciones de la Comisión Conservadora y haciendo por lo tanto suya la responsabilidad de los funcionarios culpables, conforme al precepto contenido en el número 2.° del artículo 49 de la Constitución del Estado;

2. Que las policías de seguridad, confiadas al Presidente de la República para custodiar el orden y resguardar los derechos de los ciudadanos, han sido empleadas en organizar y dirijir (sic) turbas asalariadas del populacho, para promover los más vergonzosos y criminales atentados contra el orden público y para atropellar los más fundamentales derechos de los ciudadanos, llegando á ser dicha fuerza una constante amenaza para ellos y desapareciendo así el fin primordial del establecimiento de la autoridad; que el Presidente de la República y sus ministros se han hechos sordos á los gritos de la indignación pública y á las constantes reclamaciones del Congreso y la Comisión Conservadora por aquellos actos, que las autoridades han dejado impunes, asumiendo así su responsabilidad;

3. Que la única reparación de los últimos y dolorosos atentados contra la libertad de reunión ha sido la promulgación de la ordenanza de 20 de Diciembre último, que es una nueva y audaz violación de los derechos de reunión y petición, garantidos por el inciso 6.° del artículo 10.° y por el inciso 6.° del artículo 27 de la Constitución, incurriendo al mismo tiempo con ella el Presidente de la República y sus cómplices en una usurpación flagrante de una atribución esclusiva (sic) del Congreso, consignada en dicho inciso 6.° de artículo 27, y que es el único que puede dictar estas leyes escepcionales (sic) pero de duración transitoria, que no puede exceder de un año;

4. ° Que el Presidente de la República ha violado constantemente la fe pública, oficial y solemnemente empeñada varias veces ante el Congreso, por medio de sus ministros;

5.° Que el mismo funcionario ha dilapidado los caudales públicos, disponiendo de ellos fuera de presupuestos, creando empleos y comisiones remuneradas, con fondos nacionales, sin intervención del Congreso, y usurpando así una atribución esclusiva (sic) del Poder Lijislativo (sic), consignada en el inciso 10.° de artículo 28 de la Constitución; 6.° Que el mismo funcionario ha desconocido y violado las atribuciones fiscalizadoras del Congreso y de la Comisión Conservadora, haciendo caso omiso de ellas y burlándolas en lo absoluto con abierta infracción del inciso 1.° del Art. 49 y demás artículos de la Constitución que constituyen al Congreso fiscal y juez de los altos funcionarios administrativos;

7. ° Que por causa del desconocimiento de estas atribuciones, el Presidente de la República intentó, no mucho, cambiar la forma consagrada de nuestro Gobierno, manteniendo un gabinete censurado por las dos ramas del Congreso y á quien éste había negado las contribuciones y llegó hasta gobernar sin ellas, causando al fisco pérdidas injentes (sic) y á la Nación las perturbaciones más graves;

8. ° Que clausurando el Congreso, porque se oponía con varonil firmeza á la invasión de los derechos más preciados del pueblo, faltaban á su palabra empeñada para sancionar leyes pendientes y necesarias para garantir aquellos derechos;

9.° Que sin hacer mención de muchas otras violaciones de las leyes y garantía individuales, el Presidente de la República ha llevado últimamente este sistema de desgobierno y de ruina legal y social hasta el punto de disponer de los caudales públicos y mantener la fuerza de mar y tierra, sin autorización alguna del Congreso, usurpando abierta y escandalosamente las atribuciones esclusivas (sic) del Poder Lejislativo (sic) de la Nación, único á quien confieren estas facultades los inciso 2.° y 3.° del art. 28 de la Constitución, los cuales establecen “que solo en virtud de una ley se puede: fijar anualmente los gastos de la administración pública y fijar igualmente en cada año las fuerzas de mar y tierra que han de mantenerse en tiempo de paz y de guerra”;

10. Que todos estos actos han venido produciendo una alarma profunda en la sociedad, una completa desmoralización administrativa y una perturbación desastrosa en los negocios económicos, comprometiendo gravemente el honor de la Nación;

11.° Que todos estos actos y las declaraciones del Diario Oficial vienen comprobando de una manera evidente la maquinación fraguada y consumada por el Presidente de la República, contra las instituciones fundamentales del Estado; que estos actos revelan el plan proditorio (sic) de minar el edificio político levantado por los esfuerzos y sacrificios de varias jeneraciones (sic), para alzar sobre las ruinas de la soberanía del pueblo los caprichos de un señor absoluto; para desquiciar y anarquizar así una sociedad constituida, un pueblo sumiso y tranquilo, que solo reclama la paz y el orden legal, constituyen no un crimen cualquiera, sino el mayor de todos los crímenes que puede cometer un mandatario;

12. ° Que poniéndose con estos atentados en abierta rebelión con el orden constitucional, el Presidente de la República ha incurrido en el crimen de alta traición contra el Estado, y queda fuera de la ley, que ha jurado solemnemente guardar y hacer guardar;

13. ° Que si los majistrados (sic) violan abiertamente la majestad de las leyes, que constituyen la base necesaria del orden social, sus mandatos son nulos y de ningún valor, como espresamente (sic) lo establece el articulo 151 de la Constitución, y en tal caso no solamente existe el derecho, sino el deber de resistir, en defensa del orden público, deber que incumbe á todos los ciudadanos, y muy especialmente á los poderes constituidos;

14. ° Que es atribución esclusiva del Congreso establecido en el inciso 4. ° Del artículo 27 y en el artículo 65 de la Constitución, declarar cuándo por enfermedad, ausencia ú otro motivo grave, y cuándo por muerte renuncia ú otro clase de imposibilidad absoluta el Presidente de la República no pudiese ejercer su cargo;

15. ° Que los crímenes mencionados y de que se ha hecho reo el actual Presidente de la República no pueden constituir un motivo más grave, ni una imposibilidad más indigna é incapaz de continuar en el ejercicio de su cargo.

En mérito de las consideraciones precedentes, nosotros, miembros del Senado y de la Cámara de Diputados de Chile, invocando al Supremo Juez del Universo en testimonio de la rectitud de nuestras intenciones con el objeto de restablecer el régimen constitucional, asegurar la tranquilidad interior, atender á la común defensa y afirmar los beneficios de libertad y las leyes en nombre y por la autoridad del pueblo que representamos, solemnemente declaramos:

1. Que el Presidente de la República, don José Manuel Balmaceda, está absolutamente imposibilitado para continuar en el ejercicio de su cargo, y en consecuencia que cesa en él desde este día.

2. Que están igualmente imposibilitados para reemplazarlo en su cargo sus Ministros del despacho y los Consejeros de Estado que han sido sus cómplices en los atentados contra orden constitucional.

Y en consecuencia designamos á don Jorge Montt para que coadyuve á la acción del Congreso, á fin de restablecer el imperio de la Constitución.

Santiago, Enero 1. ° De 1891.

(Siguen las firmas de la mayoría del Congreso)

Se desata la contienda civil

Veteranos de la guerra contra el Perú, los mismos que llegaron a Lima y quienes por entonces ocupaban Tacna en la integridad de esa provincia, divididos en dos bandos irreconciliables: el uno del lado de los intereses del Congreso, el otro del lado de la Constitución defendiendo al presidente, se habían de enfrentar con notable encono y destrucción. Para los primeros el comando estaba centrado en Iquique y para los rivales lo era Santiago. Cabe anotar que el ejército, en su gran mayoría estuvo del lado del presidente y que menudearon traiciones y aquellas otras desgracias propias de las guerras intestinas apremiadas de rencor, ambición material y política de momento, conforme la coyuntura.

Por ambas partes se movieron recursos considerables y con ello se produjeron algunos incidentes internacionales con relación a la adquisición de material de guerra. Tal el caso de la compra subrepticia de armas en California, hecha con dinero revolucionario, sobre el cual el gobierno de Balmaceda dio aviso y como consecuencia del cual dos naves de guerra estadounidenses persiguieron al fugado vapor Itata que las portaba y que fue dramáticamente hecho presa cuando ingresaba a la bahía de Iquique donde se le abordó por marinería estadounidense, violentando también de esta forma regulaciones internacionales. O los tres mil fusiles, transportados a bordo del buque chileno Maipo, denunciados por EEUU y que fueron decomisados por la aduana peruana, bajo cargo de contrabando de guerra, cuando llegaron de arribada al Callao.

 Vapor Itata

Vapor Itata

El gobierno de Iquique en poder como estaba del primer puerto salitrero y las fuentes inagotables por la saca y venta del salitre, dispuso la recluta de gente de la pampa para reforzar o formar nuevos contingentes militares, adquirir armas, equipos y naves. Contaba con el grueso de la Armada y el glorioso monitor Huáscar estaba entre las naves amotinadas.

De otro lado, el gobierno legítimo, carente de flota dada las circunstancias, adquiere el mercante Imperial y lo improvisa como buque de guerra dotándole de cañones y demás equipo a la par que ordena la construcción en Europa de blindados y rápidas torpederas, además del material de guerra necesario.

Vienen luego las batallas de Iquique, Pisagua, Zapiga, Dolores (en esta última había tenido lugar doce años atrás el inesperado desastre aliado de San Francisco) entonces, Arrate y sus tropas constitucionalistas quedan arrinconados en Tacna y en situación harto socorrida. No se sienten capaces de afrontar la pelea. Han quedado solos y aislados. La innecesaria matanza y los actos de repase y toda suerte de exceso experimentados en la reciente guerra con el Perú se repiten multiplicados, pero la pérdida de vidas en esta ocasión es cuantiosa.

Cruce de la frontera peruana

Es así, como decíamos, que aquel coronel chileno al mando de un efectivo de algo más de quinientos hombres hace su aparición por Sama, consigue luego de un precario descanso enrumbar a Mollendo, es decir dentro de territorio extranjero naturalmente hostil y se entrega a la autoridad militar peruana que desarma a la brigada.

Obtenido el internamiento oficial, el efectivo chileno fue conducido a la ciudad de Arequipa donde en la rica vega  se improvisó un campo de concentración en las inmediaciones al cuartel de Tingo, el bello y apacible distrito a las márgenes del Chili, y quedó internado en atención a su especial condición, bajo custodia y protección peruana.

El pueblo arequipeño, resentido y claramente molesto por la presencia en sus tierras de aquellos enemigos de la reciente pasada guerra, mostró de alguna forma su indignación pero sin llegar a mayor hostilidad.

Conviene recordar que en 1883, esto es ocho años antes, Arequipa había mantenido un fuerte contingente militar al mando del contralmirante Montero que esperaba ser movido contra el invasor que acababa de conseguir una apretada victoria contra las tropas de resistencia de Cáceres en Huamachuco; pero al revés de lo que ordena la razón y dispone la dignidad, con alegaciones y razones que la historia jamás aprobará Lizardo Montero las licenció quedando la orgullosa ciudad a merced del ejército chileno que entró, al mando del coronel José Velásquez [1], no sin sufrir algunos ataques aislados del pueblo arequipeño que de alguna forma se hizo fuerte, con la consecuente y  conocida represión del fusilamiento por quinteo [2].

El gobierno revolucionario exigió diplomáticamente la entrega de Arrate, equipo y hombres, pero el Perú se negó.

La suerte de este destacamento en tierras arequipeñas no habría de serle del todo mala, pues el insuperable clima y la abundancia del hermoso y fértil valle no le fueron ajenos ni negados.

Con los acontecimientos revolucionarios cada vez triunfantes, era claro que se avecinaba la victoria y con ello el fin de la guerra civil y sus cuantiosos daños. El coronel Arrate, envió una nota con fecha 16 de septiembre al representante de Chile, explicando su angustiosa situación y solicitando pasajes para regresar con la división. El 22 le fue notificado por el prefecto Salvador Cavero, que el gobierno peruano había dispuesto el traslado de las tropas chilenas a Mollendo para repatriarlas.

En las primeras horas del 24 llegaron al puerto, entre oficiales, clases y soldados 522 hombres, además de 23 mujeres (cantineras) que acompañaban a la pequeña fuerza divisionaria, para embarcar en el vapor Limarí, rumbo a Valparaíso. Estas tropas que habían sido fieles a Balmaceda, a su arribo hubieron de  sufrir los duros e inapelables dictados del vencedor.

 Batalla de Concón

Batalla de Concón

Fin de la guerra civil y la suerte de las tropas, buques y equipos chilenos en el exterior

Para fines de 1891, los restos de la fuerza armada balmacedista estaban en territorio peruano. El 2 de septiembre anclaron en el Callao, el transporte Imperial y la torpedera Condell, nave que en compañía de su gemela Lynch había consiguió hundir con un torpedo y  considerable pérdida material y humana, en el puerto de Calera, al blindado Blanco, una de las naves de la flota que libró combate con el solitario Huáscar en aguas de Angamos, el 8 de octubre de 1879.

Ambas naves quedaron a disposición del agente que debía nombrar el nuevo gobierno, Ángel Custodio Vicuña, ministro plenipotenciario en Lima, antes de dar por finalizada su misión, con el triunfo del movimiento revolucionario del Congreso.

En cuanto a las adquisiciones de naves de guerra por parte de Balmaceda se consiguieron algunos blindados que fueron ansiosamente esperados por el gobierno durante ocho meses pero, dada la victoria revolucionaria, continuaron éstos su navegación en aguas europeas.

El Presidente Pinto entró al puerto alemán de Kiel el 25 de agosto para embarcar el material de artillería que debía enviar la empresa Armstrong. El capitán Recaredo Amengual solicitó permiso para contratar operarios y embarcar provisiones, agua y carbón. La hostilidad del gobierno imperial fue manifiesta y las autoridades portuarias alemanas limitaron al mínimo la entrega de combustible y vituallas. El 17 de septiembre el crucero zarpó con destino al puerto francés de El Havre.

Por las circunstancias y los hechos analizados parecería que, históricamente, las potencias europeas estuvieron en favor de los revolucionarios, y los EEUU de Norteamérica, de lado del malogrado Balmaceda; esto último es una apreciación personal.

Batalla de Placilla, 1891

La Placilla

Notas

[1] Coronel José Velásquez Bórquez. Culminada la guerra civil, dentro de la dura e implacable represalia dirigida contra los balmacedistas, de todo orden y género, se registra, entre muchos otros, el de su ajusticiamiento por sentencia del tribunal que se hizo con este veterano en su grado de general, sin ser oído ni representado, a quien se le recordaba por su desempeño en la campaña y toma de Arequipa, en octubre de 1883.

Aquí la suerte de algunos otros  importantes protagonistas de la pasada guerra contra el Perú:

General Orozimbo Barbosa Puga, veterano de las jornadas de Tacna, Arica, Chorrillos y Miraflores; posteriormente general balmacedista, quien ordenó la matanza de 84 jóvenes rebeldes, hijos y familiares de la mayoría de miembros reaccionarios de la clase conservadora o pelucona, acto  que produjo indignación tanto en revolucionarios como en partidarios del gobierno; esa criminal acción se produjo en el fundo Lo Cañas, de propiedad de Carlos Walker Martínez. El citado general dirigió al ejército en la batalla de Concón el 21 de agosto de 1891, y el 28 de agosto de 1891 en la de Placilla. En esta última fue herido y viéndolo todo perdido trató de escapar, pero acorralado por un grupo de caballería en el camino a Valparaíso fue bárbaramente asesinado. Su cadáver atado por un lazo a los aperos de un caballo fue arrastrado por las calles de Santiago.

Personajes como el almirante Juan Williams Rebolledo, quien pese a su larga y experimentada carrera naval no pudo poner fin a la campaña del Huáscar por lo que tuvo que renunciar al mando de la escuadra; o la del contralmirante Juan José de la Torre, comandante de la flota que capturó al célebre monitor peruano en Angamos, por entonces ambos en misiones oficiales en el exterior al momento del zarpe de la escuadra revolucionaria rumbo a Iquique, no fueron llamados al servicio.

El general Manuel Baquedano González, presente desde Tacna hasta la batalla por Lima en calidad de general en jefe admirado y respetado,  convocado por Balmaceda, en hora fatal, para dimitir y hacerle entrega del gobierno ya  en franca derrota y con los revolucionarios a la puerta, nada pudo hacer: el vencedor de Chorrillos y Miraflores, indeciso y tibio, frente a una dura realidad  se vio compelido a entregar el gobierno a los triunfantes miembros  de la revolución, para luego retirarse rumbo al olvido y la maledicencia de sus enemigos políticos.

En el lado vencedor, la Junta de Gobierno tenía como  sus principales jefes al general Estanislao del Canto y al coronel Adolfo Holley, veteranos de la guerra contra el Perú.

El general prusiano Emil Körner, contratado por Balmaceda para reformar el ejército de Chile, le dio la espalda, se puso del lado de la revolución y participó en los grandes planes tácticos. Por sus servicios distinguidos sería condecorado por el Káiser.

En la revolución de 1891, Inglaterra, la Rubia Albión, la misma que armó a quienes asaltaron Bolivia y Perú, habría jugado un pérfido doble papel, uno de ellos dicotómico, el de Némesis, la diosa griega de la venganza, al participar con su espíritu mercantil y decidida influencia en una guerra internacional y alentar luego una revolución intestina que causó  severos daños a sus protagonistas.

300px-Soldados_chile_1891

 Tropa revolucionaria

 [2] Cada quinto hombre de una columna es pasado por las armas.

Concón

Masacre de La Placilla

 Balmaceda Película de educarchile que describe los dramáticos momentos del malogrado presidente

Fuentes

Historia Diplomática de Chile, 1541-1938, Mario Barros van Buren. Ediciones Ariel. Espulgues de Llobregat. Barcelona, España, 1970

Fotos diversas de Internet

Publicadas por Luis Siabala Valer originalmente en Blogger el viernes, 2 de octubre de 2009, Hora 17:07:00 

 

Los del Jaral

Napoleón en España

Crónica verosímil de un acontecimiento histórico construida con imaginación no tan desamparada de la verdad

Armas de Espa-a Armas de José I

De mi mayor aprecio y consideración, distinguido señor conde:

Nada me place más que daros respuesta de vuestras cartas, que de Abril a Abril, con mensajes de aliento y prosperidad queréis hacerme llegar como obsequioso testimonio de vuestra ya vieja amistad con la que habéis querido distinguirme.

No puedo sino lamentar, como no podía ser de otra manera, a fe mía, la desgraciada suerte de las tropas del rey, nuestro Señor, batidas en franca derrota frente al enemigo invasor, que, como nunca, se ha mostrado fiero y despojado de toda piedad. Las noticias de la caída de Madrid llegaron precedidas de pronósticos agoreros de mala fortuna; y cómo habrá sido aquélla que cuando se tuvo noticia en firme de los hechos, palidecieron las notas vaticinosas y malhadadas de la plebe que en esta parte del país suele ser a la par que supersticiosa de mucha pobreza en asuntos foráneos, pero de un coraje a toda prueba cuando al terruño atañe como a continuación me apresuro imponeros a Vd.

Tropa francesa

Poco después de los hechos de armas, tan desiguales y que enlutan a nuestra querida España, victoriosa hueste de soldados en aventada francachela y grande vicio, llegó a esta aldehuela de Jaén donde, como bien sabe Vd., nada puede ser peor para el pacífico aldeano -que masculla torvo su encono por la invasión- que le frustren un domingo de corrida. El encierro, como pocos domingos había sido el pasado día de ayer, de los buenos; seis hermosos toros del Jaral esperaban oteando al viento su salida al coso desde los chiqueros donde se apiñaban. Es conocido aquello “del buen ganado el de los hierros de D. Vicente Gómez”, pues de su dehesa más de un toro ha hecho historia en los ruedos nacionales. Pese a los bandos de prohibición de toda reunión, la plaza estaba de tope a tope. El cartel atractivo en extremo anunciaba nada menos que a El Navarro, en un mano a mano con Chiclano II. La grita y fanfarria de los asistentes, tan magnánimos al procurarlos, como avaros en prodigar aplauso, atronaban ya los aires en abierta protesta por el retraso.

Las tres y tres cuartos de hora había doblado la mayor de Santa Honorata y el presidente no ordenaba la clarinada que es señal para iniciar el paseíllo… entonces, llegó un momento nada esperado: Lejos de abrirse la puerta de toriles dando paso al primero de la tarde, irrumpió una soldadesca extraña en voces y practicando disparos… engreída de sus recientes victorias apareció ésta, como tengo dicho, por la puerta del Príncipe, aquella destinada a los toreros de postín… y entonces, pasado el inicial sopor por lo inusual del acontecimiento se hizo un silencio que se rompió de pronto al escucharse los aprestos que un baturro, dado a espontáneo, saltara al ruedo navaja en mano y emprendiérala a tajos contra el primer soldado que estuvo a su alcance. Bastó ese acto para que cientos le imitasen y, ¡vamos hombre!, qué espectáculo aquel de ver rodar hombres y chillar doliéndose, que los navajazos blandidos con esa habilidad que Dios ha puesto en nuestros hombres eran de pintura… degollados en un santiamén, soldados y clases rodaban tintos de su sangre, que al correrles a raudales desde sus abiertos gañotes destacaba en sus dólmanes, otrora albos y gallardos. Se inició una persecución por ruedo y tendidos, doquiera el pueblo fiero y amostazado pillaba al odiado enemigo dábale caza y muerte sin escuchar clemencia… amén de que nada sabe del francés…

Avisado el jefe enemigo de la matanza dentro del recinto, ordenó abrir la puerta grande de un certero tiro de cañón, y voladas que fueron las pesadas tablas lanzó por ellas dentro del corto túnel que salva los tendidos de sombra con dirección al soleado albero, una sección de sus Cazadores a Caballo de dorado casco, botas altas y fulgurante sable. ¡Qué bello espectáculo y qué marciales formas la de esos atletas! Pero, un avisado peón de la plaza, de aquellos amoscados con el contagioso espectáculo, abrió la puerta de chiqueros y pronto irrumpieron en el alborotado ruedo los seis del Jaral.

¡La batahola que se armó allí mismo…!

Como bien sabido lo tiene Vd., carísimo amigo mío, de aquel especial odio que profesa el toro bravo por hombre y caballo, que al momento las bestias la emprendieron sobre las nobles cabalgaduras y destripadas que eran y sus jinetes caídos, embarazados que estaban de sus pesados petos y guanteletes, nuestros astados alternaban caballos con soldados; alzados guiñapos volaban por los aires, aquellos engreídos victoriosos caballeros que, o bien caían desarmados para ser nuevamente cogidos en vilo, o eran recibidos en el aire para ser ensartados y despedidos con preciso golpe por aquellas reses, de esa bravura heredada por generaciones. Toros lanzadores que empitonaban doquiera fuere el lugar que asestaban en esos desdichados.

Un botinero, bizco del izquierdo por añadidura, y codicioso para más datos, había alcanzado a un desarmado y rubio jinete en la tabla de un burladero y le tenía pasado por la espalda y mientras el desdichado alzaba los brazos en dolorosa desesperación el formidable toro había quedado presa de su golpe con hombre y tabla atravesados. Podeos imaginar escenas de las más espeluznantes, y habréis acertado sin lugar a duda.

Como quiera que los poquísimos y maltrechos supervivientes salieran de la plaza dando alaridos, perseguidos por toros y poblada, el regimiento francés, guarnecido en cuadro en el generoso espacio de la explanada de San Nicodemo esperó impertérrito en pasmosa gala y marcial compostura ataque tan singular, y después de la primera y única descarga que alcanzó a disparar fue destrozado por la embestida como si aquellos quinientos hombres hubieran sido gloriosa mata de flores arrancada en vilo por un vendaval. Es pues, señor mío, que la derrota de Pamplona se castigó el domingo en la serenísima plaza de Jaén donde no hay francés vivo para contarla.

Huelga añadir que la tarde fue buena, asueto para los espadas, palmas para el pueblo, palmas para el encierro y pitos atronadores para los pobres godos que a esta hora yacen sepultos en piadosa fosa. Se sabe que el Emperador quedó silente al recibir semejante noticia y en junta de su Estado Mayor, frente a un mapa de operaciones, discute alguna estrategia para la toma de Jaén. No es para menos.

Con la esperanza puesta en esta nota que habrá de llevaros a vuestro corazón de español el natural regocijo por tan extraña como aplastante victoria en las serranías de mi pueblo, me despido de Vd. no sin antes permitirme añadir que si la resistencia que vamos a ofrecer a los invasores se castiga de la forma como ha ocurrido por estos lares y que he narrado para Vd., con algún detalle, muy pronto estaremos nuevamente contagiados del alborozo de traer de vuelta a nuestro amadísimo rey D. Fernando VII, el Deseado, que Dios guarde, y tenga yo entonces la personal dicha de estrechar vuestra mano, mi querido conde, noble amigo y esclarecido caballero.

En Jaén, a 14 de Noviembre del año del Señor de 1808.

(Fdo.) Felipe Baldetaro e Hinojosa, marqués de Noblecilla

Al Señor Jacinto Villa Gómez y Baldovino, Conde de la Montería

Palacio del Ayuntamiento

Badajoz

goya-lluviadetorosGoya

Referentes a este artículo:

Armas borbónicas

Armas de José I, Bonaparte

Wikisource:

http://es.wikisource.org/wiki/Carta_del_Marqu%C3%A9s_de_Noblecilla_al_Conde_de_la_Monter%C3%ADa_Palacio_del_Ayuntamiento_Badajoz_(1808)

Wikipedia:

https://es.wikipedia.org/wiki/Guerra_de_la_Independencia_Espa%C3%B1ola

AD Majorem Dei Gloriam

Orden JesuíticaNotas sobre la expulsión de los jesuitas del Perú

Lima, septiembre 8 de 1767.- Una columna de alguaciles tea en mano, dos compañías de granaderos y ocho soldados de caballería de la guardia del virrey, dirigen sus pasos por Aldabas, continúan por Beytía con dirección al templo de San Pablo, actual iglesia de San Pedro. Ha quedado roto el sueño de los vecinos por la sorda marcha de corchetes o ministriles de justicia con escolta y aparato; entonces algunos curiosos asoman para ver el extraño desfile aquella fría madrugada.

La ciudad duerme hace mucho y aún los gallos no anuncian el nuevo día cuando suenan huecos, extraños y desacostumbrados los golpes del aldabón en la maciza puerta que da a la plazoleta del cementerio del Callejón de Gato; cosa curiosa: la contigua y monumental iglesia tiene tres puertas en lugar de las dos que habrían de corresponderle por su categoría, prerrogativa únicamente reservada a los templos catedralicios.

Las bocacalles han sido cerradas y los contornos de la manzana guarnecidos. Se abre el postigo y el hachón alumbra la barbada faz de un monje alto y compuesto:

– La paz sea con vosotros hermanos, adelanta con tranquila voz el jesuita, pasad, por favor.

Don Domingo de Orrantia, caballero que presidía la comitiva, queda desconcertado. No era para menos. Cúanto sigilo y secreta consigna para la sorpresa que esperaban producir y que ahora la recibían tornada. Al hacer su ingreso en tropel en el zaguán e inmediato patio se deja ver en la semioscuridad una larga columna de frailes breviario en mano y el zurrón a sus pies con sus magras pertenencias.

Indudablemente, esperaban preparados aquella incursión (1)

Los Jesuitas son expulsados de San Pablo de Lima

El padre provincial José Pérez de Vargas y el último rector, fray Antonio Claramunt fueron compelidos a entregar llaves y hacer que la comunidad se concentrara en el amplio refectorio, que se dispuso a campana tañida; allí se les leyó la orden de extrañamiento del reino; además, que la detenida grey del Colegio Máximo de San Pablo de Lima, seminario y colegio católico, sería sacada de sus domicilios, que en Lima eran cuatro, a saber: el Colegio Máximo de San Pablo, la Casa Profesa de Desamparados, el Colegio San Martín y el Noviciado de San Antonio Abad.

Era la ocasión de hacerla desfilar en el mayor sigilo por calles y plazas en hora temprana y expulsarla fuera del reino del Perú, lejos, muy lejos tanto donde no pudiera saberse más de ella. Había empezado la tristemente célebre cuanto injusta purga de los padres jesuitas. En todo el reino se llevaban en horas similares estas diligencias. Allí donde existía una comunidad jesuítica igual ocurría.

Disciplinados y serenos están ya formados aquellos soldados de la Compañía de Jesús (Societatis Jesu, SJ) selecta Orden llegada al Perú en 1568. Forjados en los ejercicios espirituales legados por su fundador y primer Prepósito General San Ignacio de Loyola suman, a la proverbial disciplina -magredad de costumbres, sólida instrucción y sereno juicio- un hálito de clara inteligencia que los había hecho temidos, cuando no envidiados en todo tiempo y circunstancia. La Orden de los jesuitas se había incorporado, en 1540, a instancias del emperador Carlos V ante el Papa Paulo III y a resultas del larguísimo Concilio de Trento por obra de la Contrarreforma.

Pero era claro que las reales disposiciones tenidas por secretas, compulsivas y precisas, despachadas con toda anticipación desde el palacio real de El Prado al virrey del Perú y reenviadas a todas las gobernaciones del vasto virreinato habían sido, en algún tramo, conocidas por estos religiosos. El trigésimo primer virrey del Perú, don Manuel Amat y Juniet (1761-1776) estaba al mando en ocasión de estos sucesos.

Anciano y gotoso cuando no enamoradizo, el catalán renegaba de los deslices de su amante Micaela Villegas, La Perricholi, pero estaba en inteligencia con Madrid en asuntos de esta expulsión que la tenía por secreta y sobre la que se había asegurado que así lo fuera.

Más tarde, en orden y con dignidad, murmurando algún rezo la columna de reos abandona su amada casa, algunos vuelven la mirada al hermoso y elevado frontis renacentista donde se inscribe misterioso el anagrama JHS; los más viejos con los ojos empañados y los más jóvenes encadenadas sus emociones. Larga va la columna de frailes que encamina hacia la portada del Callao donde colocada en carretones enrumba al puerto; allí les aguarda la primera prisión, el navío de guerra San José Peruano destinado para su largo viaje y deportación. Allí también se darán encuentro con otros hermanos exiliados, procedentes del Alto Perú, la Capitanía General de Chile y demás confines de la jurisdicción virreinal.

Es septiembre y la húmeda neblina con la garúa temprana azuza el frío.

Consciente Amat que muchos de los novicios y frailes eran limeños por lo que la población podría reaccionar en favor de ellos, aceleró el zarpe y es así que el 29 de octubre 180 jesuitas marchan al destierro; al dar fondo en Valparaíso, esperaban ya 200 jesuitas, pero dado el escaso espacio que les quedaba a los embarcados en el Callao únicamente pudieron dar autorización a 21 sacerdotes chilenos. El 1 de enero de 1768 se hicieron nuevamente a la vela para arribar a Cádiz después de cuatro penosos meses de navegación. El total del secuestrado, según documentos estudiados, expresa que llegó a 499, de los cuales 429 embarcaron para España.

Quienes habían corrido la voz de la fortuna descomunal que los jesuitas habrían dejado enterrada en sus casas y templos, dieron lugar a una mal disimulada búsqueda, especialmente en San Pablo, pero jamás se pudo encontrar otra cosa que los ornamentos sagrados y obras de arte de gran valor producto de las donaciones. Es así que la tan cantada riqueza de la Orden jamás apareció; por el contrario, se pudo comprobar por los documentos incautados que los frailes habían vivido al día y si de algún dinero se tuvo noticia, era el proveniente de las cofradías que lo habían confiado.

La masiva defenestración, entre posibles otras causas, tendría origen en estos hechos:

En la metrópoli, don Pedro Pablo Abarca de Bolea, IX conde de Aranda, valido de Carlos III, el Déspota Ilustrado, había convencido al Consejo Real y con ello al mismo rey sobre la necesidad de terminar de una vez con la clara hegemonía de los discípulos de Loyola en las provincias de ultramar y en la propia España. Razones sobraban.

Había suficiente queja contenida en los reales despachos por la forma como administraban los jesuitas las misiones o reducciones del Paraguay asiento de los nativos calchaquíes y guaraníes y la prosperidad que habían logrado en comunidad. Situación que de otro lado habría puesto en bancarrota a los encomenderos, que si bien era cierto se les sabía abusivos e indolentes, al fin de cuentas también eran tributarios del rey.

Que no era poco que aquellos jesuitas, la última Orden clerical arribada al Perú doscientos años antes, hubiera tornado en su favor, hegemónico y exclusivo, la instrucción de los hijos de las clases más encumbradas, dejando a los franciscanos, mercedarios, dominicos y agustinos en planos inferiores en materia de impartir la instrucción.

Además, muchos legados de agradecidos pudientes testaban en favor de la Orden y con ello habíanles procurado un patrimonio en hacienda y propiedad inmueble sobre las que ejercían labor tesonera de producción e industria que los hacía prósperos a la vista de cualquier feligrés y muy al pesar de no pocos.

Y en materia de conocimiento y cultura, los ilustrados hermanos poseían una biblioteca rica en volúmenes de los más variados títulos, en su mayoría tratados de ciencia y teología, ¿No constituía esto un poder de primer orden? Con la expulsión y el tiempo esa colección pasó a formar la Biblioteca de Lima, asolada por la soldadesca chilena en 1881 y devorada por el incendio de 1943.

Tampoco podía dejarse caer en saco roto las intrigas vengativas de don Pablo de Olavide, el limeño quien sufriera prisión dispuesta por la Inquisición sobre la base de la denuncia de los jesuitas de haber empleado parte de los dineros que le confiara el virrey, para obra pía y el levantamiento de templos y casas religiosas destruidos por el sismo de 28 de octubre de 1746 y con esa dolosa sisa haber empezado la fábrica del Teatro de Lima, obra del todo impía, según criterio de sus acusadores.

En el Perú, el virrey don José Antonio Manso de Velasco, conde de Superunda, había conseguido con mucho esfuerzo trocarle a Olavide el auto de fe inquisitorial de la hoguera por el de expulsión perpetua y ahora, en la hora suprema, se encontraba don Pablo en España protegido del Conde de Aranda mascullando su desquite. La expulsión de los jesuitas de todos los reinos de España sería el colofón y para ello pondría algo de su empeño de masón y enemigo natural de la Orden ignaciana.

También se tenía en cuenta la fundada sospecha que el reciente motín llamado de Esquilache, en Madrid, los jesuitas habíanla propiciado o apoyado.

Leopoldo de Gregorio, marqués de Esquilache, persona de absoluta confianza del rey, firme en su decisión se había propuesto erradicar en la Villa de Madrid el uso de la capa larga y el sombrero de ala ancha llamado chambergo con el pretexto de que, embozados, los madrileños podían darse anónimamente a todo tipo de atropellos y esconder armas entre la amplitud del ropaje.

La medida propugnaba el uso de la capa corta y el tricornio o sombrero de tres picos de procedencia extranjera. La multa en caso de desobediencia ascendía a seis ducados y doce días de cárcel para la primera infracción y el doble para la segunda. A este italiano debía Madrid las obras de saneamiento y limpieza, que tanta falta le habían hecho. A él también la pavimentación e iluminación de calles y la creación de paseos y jardines.

El edicto de marras dio origen a un levantamiento en la vieja capital a orillas del Manzanares y otras partes de España, pero es posible que la manifiesta escasez, pobreza y hambruna que de verdad la asolaban hubieran sido la verdadera causa que había puesto en riesgo la estabilidad del propio rey. Esquilache fue forzado al exilio y de esta forma terminado el motín. (Ver)

¿Cuán lejanos pudieran haber estado los jesuitas de estos sucesos?

Había mucho de encono contra la famosa Orden en el Paraguay y su revolucionaria obra. Claro, resultaba intolerable la competencia de los buenos géneros de tela confeccionados en las reducciones nativas vendidas a precio de coste y de calidades superiores a los burdos que traían los mercaderes de Asunción desde la lejana España para imponerlos bajo grosera exacción a los nativos; ese abuso había terminado. Los jesuitas igual que pronunciaban elocuentes la palabra misionera, enseñaban la ciencia de la manufactura en los telares; el arte del cultivo y la administración de la granja, el uso de las herramientas de todo tipo y su forja; el cuidado de la salud y la preparación de medicamentos. El valor del esfuerzo constante aunado a la virtud cristiana por la buena obra había despertado en los sencillos naturales un orgullo redivivo.

Allí estaba para probarlo también la factura sólida y equilibrada de piedra y ladrillo de sus construcciones, en sus volúmenes generosos, correcta orientación y barroco impresionante; allí también la cadena inigualable de templos que desde Puno, pasando Juli sigue las estribaciones de Humahuaca en Jujuy, hasta Misiones en Yapeyú. Singulares obras maestras, cuyos abandonados vestigios aún son motivo de admiración.

Acaso no fueran notables los alcances de la cultura occidental implantados con paciencia y amor por esos laboriosos frailes. Así, en las espesuras de la cercana Iguazú, una orquesta de cámara formada por jóvenes guaraníes lanzaba a los vientos la Sonata en trío para violines y violonchelo, opus 1, de Arcangelo Coreli, como si lo fuera la más conspicua y afiatada orquesta de Cremona o de Mantua provista de violines tan buenos como los afamados Guarneri o Stradivari, que también los fabricaban en aquellas exóticas latitudes tan lejanas.

Pues no, ya era suficiente; Carlos III, decreta la expulsión de la Compañía de Jesús mediante la Pragmática Sanción, cuya glosa reza:

[…]Habiéndome conformado con el parecer de los de mi Consejo Real y de lo que me han expuesto personas del más elevado carácter, estimulado de gravísimas causas relativas a la obligación en que me hallo constituido de mantener en subordinación, tranquilidad y justicia mis pueblos, y otras urgentes, justas y necesarias que reservo en mi real ánimo; usando de la suprema autoridad económica que el Todopoderoso ha depositado en mis manos para la protección de mis vasallos y respeto de mi corona, he venido a mandar se extrañen de todos mis dominios de España e Indias, Islas Filipinas y demás adyacentes, a los religiosos de la Compañía, así sacerdotes, como coadjutores y legos que hayan hecho la primera profesión, y a los novicios que quisieren seguirles, y que se ocupen todas las temporalidades de la Compañía de mis dominios. Y para su ejecución uniforme en todos ellos os doy plena y privativa autoridad, y para que forméis las instrucciones y órdenes necesarias, según lo tenéis entendido y estimareis para el más efectivo, pronto y tranquilo cumplimiento. Y quiero que no sólo las justicias y tribunales superiores de estos reinos ejecuten puntualmente vuestros mandatos, sino que lo mismo se entienda con los que dirigiereis a los virreyes, presidentes, audiencias, gobernadores, corregidores, alcaldes mayores y otras cualesquiera justicias de aquellos reinos y provincias, y que, en virtud de sus respectivos requerimientos, cualesquiera tropas, milicias o paisanaje den el auxilio necesario sin retardo ni tergiversación alguna, so pena de caer, el que fuere omiso, en mi real indignación. Yo, el Rey, 27 de febrero de 1767.[…]

Mucho hay registrado de la pena, privación y desdén que los miembros de la Orden habrían de sufrir, numerosos de ellos abandonados a su suerte en los Estados Pontificios, hoy Italia. Abandonados también sus templos y casas de retiro, mal administrados por las temporalidades, es decir, ocasionales entes encargados del cuidado de ese patrimonio celosamente construido y atesorado que finalmente quedó disperso, hurtado o desaparecido (2).

La expulsión trajo consigo un retroceso en la producción del campo y la industria donde había sido motivo la tarea jesuítica. Se dejó sentir también en la calidad de la instrucción y mucha gente acusó recibo de las deficiencias, de tal suerte que pasados pocos años se gestó la idea de hacer retornar a los extrañados. El daño ya estaba hecho.

Se tuvo empero, para castigo o recompensa, que un jesuita arequipeño, pampacolqueño de origen, don Juan Pablo Vizcardo y Guzmán, víctima de esta expulsión produjera en su tiempo el más subversivo libro que habría de apuntalar los deseos inocultos de independencia, con anterioridad a la emancipación de Iberoamérica desde los albores del siglo XIX.

La Carta a los españoles americanos del jesuita peruano galvanizó las conciencias de los pueblos y les indujo a la separación de España, acaso para La mayor gloria de Dios.

Reducción de San Miguel, actual territorio del Brasil

Reducciones del Paraguay; reducción de San Miguel, actual Brasil, fundada por el jesuita limeño P. Antonio Ruiz de Montoya

(1) Invitamos en este punto a leer la tradición El Nazareno, de don Ricardo Palma, quien era masón y tampoco comulgaba con los jesuitas, respecto a cómo no fue secreto para ellos la real orden de extrañamiento. El historiador R. P. Rubén Vargas Ugarte, S. J. niega versiones de este jaez y por el contrario explica el gran pesar y sorpresa que produjo entre los hermanos jesuitas semejante disposición cuando les fue leída aquella Pragmática Sanción.

(2) Y esto sólo fue uno de los episodios de la tremenda campaña antijesuítica que se desató en Europa. Fueron expulsados de Portugal (1761), Francia (1764), España (1767), Sicilia (1765) y Parma (1768) y la supresión por vía administrativa decretada por el Papa Clemente XIV en 1773. La restauración, impulsada por José Pignateli, tomando como base los grupos de jesuitas que habían permanecido en la Rusia Blanca, fue sancionada por Pío VII (1814) pero no todo resultaría fácil. El afianzamiento y la difusión fueron dificultados por las persecuciones en muchos países.

Fuentes:

Historia General del Perú. Tomo IV (Virreinato 1689, 1776) R. P. Rubén Vargas Ugarte S. J. Ed. Carlos Milla Batres, 1981; Lima-Perú.

Tradiciones Peruanas Completas. El Nazareno, (1774), Ricardo Palma. Aguilar – Madrid 1964.

Internet

Artículo migrado de Blogger donde fue alojado originalmente

http://www.sanpedrodelima.org/historiacont.html#arribahist

http://es.wikipedia.org/wiki/Mot%C3%ADn_de_Esquilache

http://es.wikipedia.org/wiki/Compa%C3%B1%C3%ADa_de_Jes%C3%BAs

Grabados de Internet

Incursión en San Pablo. Del blog ESEJOTAS del Perú
Emblema de la Compañía de Jesús.

Reducciones del Paraguay, Reducción de San Miguel, en territorio actual del Brasil

 

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