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Baldomero Espartero en el Perú

LUNES, 24 DE MARZO DE 2008

 Baldomero Espartero, Wikipedia

 Notas sobre un militar afortunado

Eran los días cuando la independencia de las lejanas colonias españolas de América meridional germinaba efervescente; las juntas de gobierno, al igual que en la metrópoli, brotaban por doquier en las vastísimas extensiones del dominio español y el virrey Fernando de Abascal, desde el Perú, sofocaba los levantamientos con hábil eficacia y denodado esfuerzo.

La presencia de Napoleón en España, que había colocado en el trono hispano a su hermano José y al legítimo rey Fernando VII al otro lado de la frontera de los Pirineos, mantenía ocupados a los españoles en los esfuerzos de la resistencia.

La historia estaba a punto para decantar a un personaje.

Joaquín Baldomero Fernández Espartero Álvarez de Toro, Conde de Luchana, Duque de la Victoria, Duque de Morella, Vizconde de Banderas y Príncipe de Vergara, nació en Granátula de Calatrava, Ciudad Real, el 27 de febrero de 1793. Así recoge la biografía oficial los títulos nobiliarios y los datos del nacimiento de este personaje.

De humildísimo origen; de joven, fiel a la inveterada costumbre española, se le había destinado para sacerdote, pero bien pronto supo que su vocación por las armas era de mayor fuerza que por la de la sotana. Tomó plaza desde temprano en los regimientos de línea y asistió a todos los combates que libraron la guerra de independencia contra los franceses, de feliz corolario con la victoria de Bailén.

Para reforzar al virrey del Perú, la corte de Fernando VII había conseguido desplazar a ultramar a seis regimientos de infantería y dos de caballería, a las órdenes del general Miguel Tacón y Rosique; entre los oficiales de aquella expedición venía Espartero en septiembre de 1814, con en el grado de teniente del Regimiento Extremadura, embarcando en la fragata Carlota hacia América, el 1 de febrero de 1815, para reprimir la rebelión independentista de las colonias. Así, el joven oficial quedó integrado en una de las divisiones que se dirigieron hacia el Perú desde Panamá.

Llegaron las tropas al puerto de El Callao el 14 de septiembre y se presentaron en Lima; venía con ellos la orden que disponía sustituir al virrey del Perú, Fernando de Abascal, Marqués de la Concordia por el general Joaquín de la Pezuela, flamante Marqués de Viluma.

Bien pronto veremos a Espartero en acción exitosa; forma parte del comando del brigadier Jerónimo Valdez que opera en Torata con base en Moquegua. Su carácter fuerte y templado en el combate le hacía eficaz, astuto y cruel con el vencido. Se trataba de evitar la penetración al Perú de fuerzas hostiles procedentes de Chile y las Provincias Unidas del Plata, al mando del general José de San Martín.

Para obstaculizar aquellos movimientos, se fortificaron Arequipa, Potosí y Charcas, tarea que emprendió Espartero con energía y acierto, gracias a sus dos años de formación en la escuela de ingenieros. Entonces le llegó el ascenso a capitán el 19 de septiembre de 1816 y, antes de cumplir un año en ese servicio, el de segundo comandante. En 1823 era ya coronel de Infantería a cargo del Batallón del Centro del ejército del Alto Perú. El 9 de octubre de 1823 el victorioso comandante fue ascendido a brigadier otorgándosele el mando del Estado Mayor del Ejército del Alto Perú.

Es en Arequipa, bella ciudad del sur en la que el militar español se labraría un afecto reciproco con miembros de la sociedad. Allí encontraría en una bella joven de la aristocracia local espacio para los sentimientos.

Gobernaba ya el Perú, el virrey don Joaquín de la Pezuela, inteligente militar del arma de artillería en quien el virrey Abascal había cifrado su mayor confianza y no se había equivocado. Fue enviado al Alto Perú para contener a los rebeldes bonaerenses que victoriosos en La Plata querían extender sus éxitos por los altos páramos del sur del Perú. De la Pezuela, al mando de las tropas coloniales peruanas, obtuvo sendas victorias sobre Belgrano en Vilcapuquio y Ayohuma, y la más importante en las punas de Sipe Sipe, en Viluma, sobre las fuerzas argentinas de Rondeau. La recomendación de Abascal, por esta meritoria conducta, hizo que se elevase al brigadier al rango nobiliario de marqués de Viluma, como jefe del Ejército del Alto Perú.

Pronto reemplazaría al propio Fernando de Abascal, el marqués de la Concordia, en el elevado cargo de virrey del Perú, conforme los hechos y las circunstancias que hemos narrado.

Pero los jóvenes brigadieres españoles llegados al Perú, sobre los que ejercía predominio don José de La Serna e Hinojosa, veían en el virrey un militar anticuado en sus procedimientos y por demás tolerante con los criollos, política que había heredado del sagaz Abascal, gracias a lo cual se le había conferido el apropiado título de Marqués de la Concordia. Ellos mismos eran de esa nueva casta, que como Espartero habían sido testigos de las bondades del liberalismo constitucional votado en Cádiz y por lo tanto les resultaba el virrey, amén de lo dicho, un conservador a ultranza.

A poco se confabularon para derrocarlo, hecho que siguió del llamado motín de Aznapuquio, que tuvo lugar en una hacienda cercana a Lima, el 29 de enero de 1821.

El depuesto de la Pezuela dejó palacio y marchó con su familia y escolta a su bella residencia de la Magdalena, villorrio al oeste de la capital, de clima benigno, estancia apacible y confortable. Poco después el marqués embarcó para España. Al expresar su informe al rey, de inmediato quedó investido de honores amén de un elevado cargo militar.

Naturalmente, el pronunciamiento de La Serna al deponer al legítimo gobernador, había quedado en cuestión. Para evitar males mayores urgía poner al rey al tanto de las circunstancias que dieron motivo a esta destitución. Se decidió entonces enviar a España a un emisario. No se encontró mejor persona para ello que la de don Baldomero Espartero.

Entonces el joven brigadier dejó Arequipa y embarcó para España desde el puerto de Quilca, el 5 de junio de 1824, en un barco inglés. Llegó a Cádiz el 28 de septiembre y se presentó en Madrid el 12 de octubre. A las calidades de resuelto amador y empedernido jugador, sumaba Espartero un hábil trato; consiguió de Fernando VII el crédito suficiente para que La Serna quedase confirmado en el gobierno del Perú y en posición de tan buenas nuevas inició su retorno. Embarcó en Burdeos camino de América el 9 de diciembre, coincidiendo la fecha con la pérdida del Virreinato del Perú.

Un viaje largo, por supuesto, lo suficiente para que en la vieja colonia ocurriesen hechos notables. Es así, que durante su ausencia se había dado la victoria de Ayacucho y los ejércitos aliados comprometidos en esa justa dominaban el Perú ya independiente.

Pero Espartero no lo sabía y al tocar tierra en Quilca el 5 de mayo de 1825, sin noticias del desastre de Ayacucho, es tomado prisionero por lucir uniforme español y portar armas, hecho proscrito en las Capitulaciones firmadas por Canterac en Ayacucho, que prescribían la pena de pasar por las armas al infractor sorprendido en tal estado. En consecuencia se le condujo prisionero con escolta a la ciudad de Arequipa, lugar de las preferencias sentimentales de tan importante reo, pero donde a la sazón también se encontraba el generalísimo Simón Bolívar Palacios.

Leídos los despachos relativos a la captura de Espartero, Bolívar dispuso su fusilamiento. Pero es aquí donde la suerte, esta vez en forma de bella mujer, abogara por su vida. La joven amante se presentó ante el caraqueño para rogarle redimir semejante pena; el generalísimo tampoco era del todo indiferente con las hijas de Eva.

Muy temprano por la mañana del día siguiente el carcelero recibió una nota con la orden del Libertador para que, en el término de la distancia, embarcara el preso para España, desterrado a perpetuidad. El afortunado, reo en capilla, había pasado la noche jugando en firme y logrado ganar una considerable fortuna, que los perdedores suponían jamás habrían de hacerla efectiva. Veleidades del destino, se equivocaron. Suerte en el amor y en el juego.

Llegado a España, se le consideró a Espartero uno de los ayacuchos, mote con los que el pueblo quería afear a los generales españoles vencidos en la pampa de Quinua y que en puridad de verdad no le correspondía, por cuanto, como hemos puntualizado, había salido del Perú antes de estos trascendentales acontecimientos rumbo a Madrid.

La fortuna seguiría sonriéndole, pues algún tiempo después de su llegada durante la cual optó por esposa a una acaudalada dama que lo convirtió en terrateniente, fue llamado por la regente, doña María Cristina, para colocarle al frente de los ejércitos isabelinos enfrentados en la primera guerra carlista, promovida por don Carlos Isidro de Borbón quien había levantado bandera contra la pequeña Isabel II fundado en consideración a normas sucesorias por las que reclamaba el trono para sí.

Nombrado Comandante General de Vizcaya en 1834, bajo las órdenes de un antiguo jefe suyo, el general Jerónimo Valdés, participó así en el frente norte durante la Primera Guerra Carlista, desempeñando un destacado papel, no sin antes haber puesto en fuga distintas partidas carlistas.

Espartero, retomó a las viejas tácticas de astucia y dureza excesiva contra el nuevo enemigo y con excepción de una batalla perdida consiguió con el Abrazo de Vergara, cerca de la ciudad vascuence de Vitoria, concordada con otro ayacucho el general Rafael Maroto, poner fin a esa primera sangrienta etapa de la guerra secesionista. Reanudada más tarde con mayor vigor, siguió su notable actividad distinguiéndose en esta lucha fratricida. En 1834 ascendió a Mariscal de Campo.

Esto le valió para ser nombrado Duque de la Victoria y luego Regente, en reemplazo de doña María Cristina.

Sin embargo, los vaivenes de la política le llevarían a notables cambios, uno de los cuales fue su alejamiento de la corte y su refugio en Inglaterra, para años después retornar a España y finalmente alejarse a la soledad de su casa en Logroño, localidad de La Rioja.

En esta situación, con ocasión de la revuelta del pueblo contra Isabel II, una comisión de notables se acercó a su retiro para rogarle aceptase el trono de España habida cuenta del gran vacío que había acaecido con el destronamiento de la reina, y de esta forma poner fin a los problemas de sucesión. Peligraba pues la corona. Espartero rechazó la tentadora oferta de ser rey de España, en parte por su avanzada edad y también a consideraciones políticas.

Elevado al trono el príncipe italiano Amadeo de Savoya como rey de España con el nombre de Amadeo I y primer Duque de Aosta, quedó temporalmente resuelto el problema sucesorio y el nuevo monarca concedió a Espartero el título de Príncipe de Vergara, el 2 de enero de 1872, con tratamiento de Alteza Real, un caso sin precedentes en los anales de la monarquía española.

Así, don Joaquín Baldomero Fernández Espartero Álvarez de Toro, Conde de Luchana, Duque de la Victoria, Duque de Morella, Vizconde de Banderas y Príncipe de Vergara, alcanzó la provecta edad de 86 años y falleció en Logroño, el 8 de enero de 1879, en poder de considerable fortuna pero sin sucesor directo pues no había dejado descendencia.

 

Borbones, FernandoVII, el Deseado

Publicado por Luis Siabala Valer en 5:56

2 comentarios:

Rafael Córdova dijo…

Excelente artículo, mi hermano… Espartero motivó a que un torero famoso llevase su nombre y una de las 4 sevillanas es Espartero, si seño… en “Los Ayacuchos”, de Benito Pérez Galdós, figura su nombre al igual que el “Godo Maroto”, en una tradición de Ricardo Palma.

Como decía Palma… si los arequipeños fueron patriotas tibios, las arequipeñas fueron más godas que don Pelayo.

Finalmente, me parece que el verdadero nombre es pampa de Quinua, por favor verifica.

Un abrazo

Rafael

26 de marzo de 2008, 18:33

Jorge Bejar A dijo…

Estimado Lucho, te felicito por tu dedicación y empeño en divulgar episodios olvidados o ignorados de nuestra historia. Un pueblo que olvida su pasado está condenado a repetir sus errores. Tu labor es especialmente valiosa para las nuevas generaciones a quienes es imperativo hacer llegar estas patrióticas remembranzas.

Un fuerte abrazo,

Jorge Bejar A

Condiscípulo Ugartino 1956

3 de abril de 2008, 1:09

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Los del Jaral

Napoleón en España

Crónica verosímil de un acontecimiento histórico construida con imaginación no tan desamparada de la verdad

Armas de Espa-a Armas de José I

De mi mayor aprecio y consideración, distinguido señor conde:

Nada me place más que daros respuesta de vuestras cartas, que de Abril a Abril, con mensajes de aliento y prosperidad queréis hacerme llegar como obsequioso testimonio de vuestra ya vieja amistad con la que habéis querido distinguirme.

No puedo sino lamentar, como no podía ser de otra manera, a fe mía, la desgraciada suerte de las tropas del rey, nuestro Señor, batidas en franca derrota frente al enemigo invasor, que, como nunca, se ha mostrado fiero y despojado de toda piedad. Las noticias de la caída de Madrid llegaron precedidas de pronósticos agoreros de mala fortuna; y cómo habrá sido aquélla que cuando se tuvo noticia en firme de los hechos, palidecieron las notas vaticinosas y malhadadas de la plebe que en esta parte del país suele ser a la par que supersticiosa de mucha pobreza en asuntos foráneos, pero de un coraje a toda prueba cuando al terruño atañe como a continuación me apresuro imponeros a Vd.

Tropa francesa

Poco después de los hechos de armas, tan desiguales y que enlutan a nuestra querida España, victoriosa hueste de soldados en aventada francachela y grande vicio, llegó a esta aldehuela de Jaén donde, como bien sabe Vd., nada puede ser peor para el pacífico aldeano -que masculla torvo su encono por la invasión- que le frustren un domingo de corrida. El encierro, como pocos domingos había sido el pasado día de ayer, de los buenos; seis hermosos toros del Jaral esperaban oteando al viento su salida al coso desde los chiqueros donde se apiñaban. Es conocido aquello “del buen ganado el de los hierros de D. Vicente Gómez”, pues de su dehesa más de un toro ha hecho historia en los ruedos nacionales. Pese a los bandos de prohibición de toda reunión, la plaza estaba de tope a tope. El cartel atractivo en extremo anunciaba nada menos que a El Navarro, en un mano a mano con Chiclano II. La grita y fanfarria de los asistentes, tan magnánimos al procurarlos, como avaros en prodigar aplauso, atronaban ya los aires en abierta protesta por el retraso.

Las tres y tres cuartos de hora había doblado la mayor de Santa Honorata y el presidente no ordenaba la clarinada que es señal para iniciar el paseíllo… entonces, llegó un momento nada esperado: Lejos de abrirse la puerta de toriles dando paso al primero de la tarde, irrumpió una soldadesca extraña en voces y practicando disparos… engreída de sus recientes victorias apareció ésta, como tengo dicho, por la puerta del Príncipe, aquella destinada a los toreros de postín… y entonces, pasado el inicial sopor por lo inusual del acontecimiento se hizo un silencio que se rompió de pronto al escucharse los aprestos que un baturro, dado a espontáneo, saltara al ruedo navaja en mano y emprendiérala a tajos contra el primer soldado que estuvo a su alcance. Bastó ese acto para que cientos le imitasen y, ¡vamos hombre!, qué espectáculo aquel de ver rodar hombres y chillar doliéndose, que los navajazos blandidos con esa habilidad que Dios ha puesto en nuestros hombres eran de pintura… degollados en un santiamén, soldados y clases rodaban tintos de su sangre, que al correrles a raudales desde sus abiertos gañotes destacaba en sus dólmanes, otrora albos y gallardos. Se inició una persecución por ruedo y tendidos, doquiera el pueblo fiero y amostazado pillaba al odiado enemigo dábale caza y muerte sin escuchar clemencia… amén de que nada sabe del francés…

Avisado el jefe enemigo de la matanza dentro del recinto, ordenó abrir la puerta grande de un certero tiro de cañón, y voladas que fueron las pesadas tablas lanzó por ellas dentro del corto túnel que salva los tendidos de sombra con dirección al soleado albero, una sección de sus Cazadores a Caballo de dorado casco, botas altas y fulgurante sable. ¡Qué bello espectáculo y qué marciales formas la de esos atletas! Pero, un avisado peón de la plaza, de aquellos amoscados con el contagioso espectáculo, abrió la puerta de chiqueros y pronto irrumpieron en el alborotado ruedo los seis del Jaral.

¡La batahola que se armó allí mismo…!

Como bien sabido lo tiene Vd., carísimo amigo mío, de aquel especial odio que profesa el toro bravo por hombre y caballo, que al momento las bestias la emprendieron sobre las nobles cabalgaduras y destripadas que eran y sus jinetes caídos, embarazados que estaban de sus pesados petos y guanteletes, nuestros astados alternaban caballos con soldados; alzados guiñapos volaban por los aires, aquellos engreídos victoriosos caballeros que, o bien caían desarmados para ser nuevamente cogidos en vilo, o eran recibidos en el aire para ser ensartados y despedidos con preciso golpe por aquellas reses, de esa bravura heredada por generaciones. Toros lanzadores que empitonaban doquiera fuere el lugar que asestaban en esos desdichados.

Un botinero, bizco del izquierdo por añadidura, y codicioso para más datos, había alcanzado a un desarmado y rubio jinete en la tabla de un burladero y le tenía pasado por la espalda y mientras el desdichado alzaba los brazos en dolorosa desesperación el formidable toro había quedado presa de su golpe con hombre y tabla atravesados. Podeos imaginar escenas de las más espeluznantes, y habréis acertado sin lugar a duda.

Como quiera que los poquísimos y maltrechos supervivientes salieran de la plaza dando alaridos, perseguidos por toros y poblada, el regimiento francés, guarnecido en cuadro en el generoso espacio de la explanada de San Nicodemo esperó impertérrito en pasmosa gala y marcial compostura ataque tan singular, y después de la primera y única descarga que alcanzó a disparar fue destrozado por la embestida como si aquellos quinientos hombres hubieran sido gloriosa mata de flores arrancada en vilo por un vendaval. Es pues, señor mío, que la derrota de Pamplona se castigó el domingo en la serenísima plaza de Jaén donde no hay francés vivo para contarla.

Huelga añadir que la tarde fue buena, asueto para los espadas, palmas para el pueblo, palmas para el encierro y pitos atronadores para los pobres godos que a esta hora yacen sepultos en piadosa fosa. Se sabe que el Emperador quedó silente al recibir semejante noticia y en junta de su Estado Mayor, frente a un mapa de operaciones, discute alguna estrategia para la toma de Jaén. No es para menos.

Con la esperanza puesta en esta nota que habrá de llevaros a vuestro corazón de español el natural regocijo por tan extraña como aplastante victoria en las serranías de mi pueblo, me despido de Vd. no sin antes permitirme añadir que si la resistencia que vamos a ofrecer a los invasores se castiga de la forma como ha ocurrido por estos lares y que he narrado para Vd., con algún detalle, muy pronto estaremos nuevamente contagiados del alborozo de traer de vuelta a nuestro amadísimo rey D. Fernando VII, el Deseado, que Dios guarde, y tenga yo entonces la personal dicha de estrechar vuestra mano, mi querido conde, noble amigo y esclarecido caballero.

En Jaén, a 14 de Noviembre del año del Señor de 1808.

(Fdo.) Felipe Baldetaro e Hinojosa, marqués de Noblecilla

Al Señor Jacinto Villa Gómez y Baldovino, Conde de la Montería

Palacio del Ayuntamiento

Badajoz

goya-lluviadetorosGoya

Comentarios:

Fernando Marcet dijo…

2006-09-08 04:28:42

Una fantasía en la que la riqueza narrativa de su autor y el rigor histórico en la descripción de personajes, lugar y momento en el que se desarrolla la acción nos hace vivir una realidad que no existió.

4 de diciembre de 2006 15:19

Dorelly E. Ruiz Barraza dijo…

2006-09-06 03:06:46

Es un artículo muy original que contiene importantísimos datos históricos mezclados con una rica imaginación que lo hace “diferente” a otros presentados en esta categoría.

Es un tema que estoy segura origina muchos aplausos en los taurómacos.

El estilo en que está escrito el artículo denota que la persona que lo ha preparado posee mucha cultura y gran dominio del idioma español.

Que el Abogado Siabala sea el ganador en esta categoría, es mi mejor deseo!!…Viva el Perú, viva el Doctor Luis Siabala!!!…

4 de diciembre de 2006 15:23

Marco Campos dijo…

14:14:42

Excelente. Me gusto muchísimo. Que Luis Siabala se anime a continuar escribiendo para nuestro deleite!

4 de diciembre de 2006 15:27

Luis Ruiz Santa Maria dijo…

2006-09-09 20:13:02

Los del Jaral es una narrativa ágil,amena y sobre todo con una fidelidad histórica, me parece bien que Luis Siabala siga dándonos estas pastillas de las tradiciones hispanas que son parte de la identidad nacional

4 de diciembre de 2006 15:29

Carmen Marcet dijo…

2006-09-12 15:57:02

Una narrativa que deleita por el uso del lenguaje tan acorde con la época. Y nos permite adentrarnos completamente en la situación gracias a los detalles y descripciones. Felicitaciones a Luis ! y lo animamos a seguir compartiendo su talento.

4 de diciembre de 2006 15:30

Carlos Urquizo dijo…

2006-09-22 17:50:07

La lectura de ” Los del Jaral” es muy sabrosa.

Las frases creadas por los conocedores de la fiesta bravía, engranan muy elegantemente con el lenguaje hispano extraído de tan lejana época, en una deliciosa descripción de ingeniosas ocurrencias.

Don Luis Siabala, ¿Cuándo no obsequiará la próxima sorpresa?

4 de diciembre de 2006 15:35

Carlos Marcet dijo…

2006-09-12 17:43:43

Realmente, una narración, de una delicadeza y capacidad para trasladarnos en el tiempo y el espacio a las graderías de la plaza de Jaén, llevándonos en todo momento embebidos en la escritura.

Mis mas grandes felicitaciones al Sr. Siabala.

4 de diciembre de 2006 15:38

Tessy dijo…

2006-09-29 21:02:06

Luis Siabala siempre nos sorprende con unos trabajos impecables y bien estructurados …

Felcitaciones !!!

4 de diciembre de 2006 15:40

E. Soto Salas dijo…

Tue, 26 Jun 2007

Lo felicito sinceramente Dr. Luis Siabala por lo elegante y culto de su narrativa, creo que nos aleja, de alguna manera, de la ramplonería que invade nuestro hablar cotidiano. Por otro lado me he quedado con una interrogante. ¿Habrá la misma bravura en Jaen de allá y Jaen de aquí?

Como siempre, mis afectuosos saludos para usted y familia.

E. Soto

27 de junio de 2007 12:27

Eduardo Gonzalez Viaña dijo…

Date: Sat, 08 Jan 2005 07:58:08 -0800

Muchas gracias, don Lucho, por su generoso envío. Es un relato excelente que, una vez más, me hace dudar si usted no vivió más bien en aquellos otros tiempos. Además, me hace pensar en la tragedia de nuestros pueblos esperando príncipes deseados todo el tiempo. El de la historia arrasaría con las libertades del pueblo que le entregó el poder y, en el colmo de su cobardía, llamaría al francés, en su apoyo. Los Cien mil Hijos de San Luis invadieron nuestra España a su llamada. Es uno de los monarcas que más desprecio.

Le ruego que extienda a su querida familia mis deseos de que este sea un año venturoso. Feliz 1805!

Eduardo

Dr. Eduardo González Viaña

Professor

Western Oregon University

Monmouth, Oregon 97361

5 de agosto de 2007 03:30

Alberto Jerónimo Alcalá dijo…

19/09/2006

Felicitaciones Sr. Siabala. Nos trae Ud., en castellano antiguo, una interesante historia de toros, toreros y plaza. De veras que su artículo me deja, como aficionado, un regusto muy exquisito. Enhorabuena

Alberto Alcalá

9 de julio de 2008 11:38

Luis Adolfo Siabala Valer dijo…

26/01/2006

Un relato de vivo realismo histórico, con la misma pasión que nos dejó la pluma de Benito Perez Galdós. Fascinante el drama que sufrieron las huestes napoleónicas en tierras españolas.

Luis Adolfo Siabala

9 de julio de 2008 11:42

José Miguel Lecumberri dijo…

26/01/2006

Aficion es sinónimo de pasión y con pasión se vence cualquier obstáculo. Enhorabuena por ese artículo y pa los toros del jaral los caballos de allí mismo.

9 de julio de 2008 11:47

Alejandro Tellez dijo…

26/01/2006

Enhorabuena.- Saludos y suerte.

9 de julio de 2008 11:49

Rafael Córdova Rivera dijo…

ARRIBA LOS DE JARAL…TE FELICITO HERMANO Y OLE

RAFAEL

9 de julio de 2008 11:56

Fernando Marcet Salazar dijo…

¡Me parece sensacional el hecho, la presentación y lo que dicen del escrito!

¡Mi compadre se pasa pal mundo!

Un abrazo

Fernando.

Con relación a los comentarios que sobre Los del Jaral se muestran en el blog Toros y Arte, en el sitio:

http://torosyarte.blogspot.com/2008/02/carta-del-marqus-de-noblecilla-al-conde.html

20 de julio de 2008 17:27

Domingo Díaz Cáceres dijo…

Lima, 14 de septiembre, 2006

[…] El artículo lo he leído 8 veces y te digo como amigo y no como critico, que NUNCA había tenido oportunidad de leer a escritor o periodista peruano, que escribiera con meridiana claridad, un articulo utilizando un lenguaje castizo y dieciochesco.

Es un artículo con una narración exquisita, propia de grandes cultores de la narrativa popular hispana. Con ese lenguaje castizo y delicioso, escribían en el Siglo XIX en España, Zorrilla, Juan de Dios Pesa o Manrique Fernández, y cien años mas tarde, García Lorca en su peregrinar por las plazas taurinas de su amada Andalucía. El relato del artículo lo haces en un lenguaje puro, que aun teniendo unos giros idiomáticos peculiares -propios de la época que pudieran sacarte de la comprensión de la lectura- mantiene de principio a fin, el interés de saber que algo glorioso y extraordinario sucederá.

Su lectura imaginariamente me ha transportado a vivir los hechos narrados en Jaén, que por esos años, debió ser un pueblo de hidalgos, labradores y campesinos, ricos en despertares violentos para salvar la honra de la patria cautiva. No deja de enriquecer el artículo, los personajes entre quienes se intercambia la correspondencia. Marqueses amigos los dos, de alcurnia y abolengo, los dos; seguramente grandes señores aristócratas, aunque no tengan un duro en la bolsa, arruinados por la invasión napoleónica. No me gusta la alusión a Fernando VII, tipo cacaseno y cobarde. Esto ultimo no lo tomes en cuenta, para la España de la época, herida en sus sentimientos, era un anhelo nacional su vuelta a Madrid, para ocupar nuevamente el trono del Palacio Real […]

5 de septiembre de 2008 10:12

Rafael Córdova Rivera dijo…

POR UNA PARTE, MIS FELICITACIONES, HERMANO, YA ERES UNA FUENTE HISTORICA NO MENCIONADA….DE OTRO LADO SERIA CONVENIENTE INFORMAR A WIKIPEDIA….ESPEREMOS LA SORPRESA

 ABRAZOS

RAFAEL

9 de octubre de 2010 23:15

Víctor Santhome Bernales dijo…

Esta lectura grafica, gracias al dominio de un culto lenguaje, los detalles de un hecho histórico en el cual se distingue el gozo que saborearon estos civiles españoles por la muerte de estos soldados franceses víctimas de haber tratado interrumpir su corrida dominical en esta aldea de Jaén, sin sospechar que serían atacados por sus valientes e indignados pobladores y por el ganado de lidia, hasta ser eliminados.

A pesar de comprender la lógica sed de venganza que debe de haber sentido esta población a consecuencia de ver invadida su patria, me es imposible desligarme de mi carrera de médico veterinario, lamentando profundamente el sufrimiento de esos nobles animales al ser destrozados por las embestidas de los toros, suponiendo que fueron inevitablemente eliminados para no prolongar su sufrimiento.

Personalmente detesto la tauromaquia (o cualquier otra actividad que atente contra los animales) que para colmo es llamada “arte”, y me pregunto si esta primitiva “diversión” es comparable con la música, la poesía, la pintura, la escultura o con el cine? ¿Está bien que en aras de conservar nuestro legado hispano y nuestras “tradiciones” actualmente se permita que los niños sean partícipes de tamaña crueldad?

En fin lo resaltante es el realismo de la narrativa que nos permite situarnos como espectadores de palco y poder disfrutar al ser insertados en este capítulo de la historia española, pero siempre con un diccionario en la mano.

21 de febrero de 2012 17:02

Rodrigo Ahumada Rodríguez dijo…

Mi comentario es sobre la historia de “Los del Jaral”, una vez más nos asombra la actuación del pueblo en un evento tan singular que proporcionó la victoria de los españoles, la invasión del enemigo termino siendo su castigo: el ingenio de un joven de abrir la puerta para dar la libertad a los toros haciendo de las suyas y la justicia con los cuernos; es interesante dicha historia que no se aleja de la realidad, pero sí su forma de describir me impresionó el darle los detalles más minuciosos de dicho suceso a su amigo el conde.

Referentes a este artículo:

Armas borbónicas

Armas de José I, Bonaparte

Wikisource:

http://es.wikisource.org/wiki/Carta_del_Marqu%C3%A9s_de_Noblecilla_al_Conde_de_la_Monter%C3%ADa_Palacio_del_Ayuntamiento_Badajoz_(1808)

Wikipedia:

https://es.wikipedia.org/wiki/Guerra_de_la_Independencia_Espa%C3%B1ola

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