Harun al-Rashid

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Mármol, bronce y cincel

DOMINGO, 3 DE DICIEMBRE DE 2006

 Castilla-3

¿Alguna vez, amable lector, se detuvo usted en la plazoleta donde abre su puerta el templo de La Merced, atraído por el bronce del mariscal Ramón Castilla Marquesado?

Su autor, el escultor peruano David Lozano Lobatón (1865-1936), no sólo captó a golpe de cincel los rasgos mestizos del viejo soldado tarapaqueño, usando la escala natural, sino que en los cincelados ojos quiso expresar el carácter del vencedor de Yungay, al vengador de cerro Barón en Valparaíso; al creador de los ministerios públicos; el archivo y armada nacionales; al magnánimo vencedor de Mapasingue; al autor de las leyes de endeudamiento y presupuesto públicos; del promotor del mercado de abastos; de la penitenciaría de Lima; etc., etc., en suma, al constructor de la moderna República del Perú.

Se muestra en uniforme de gran parada, capote largo, descubierta la cabeza, banda de presidente, bastón de mariscal, sable pendiente del tahalí con dragonas trenzadas, calzando botas granaderas con espolines, que avanza el paso con dirección al templo fronterizo con una velada sonrisa socarrona y algún malvado pensamiento que ya urde para ensayarlo en honor de sus enemigos políticos.

Reconforta su presencia en la estatua, más aún en estos tiempos que la manoseada democracia nos depara cada suerte de mandatario tan distante del viejo mariscal, varias veces presidente de la república (1845/51; 1855/57; 1857/62)

Sin duda, Lima registra esta efigie como ejemplo de arte escultórico sin par; proporcionada en sus formas, ademán natural, expresión legítima y gracia estupenda.

Vale la pena una sostenida mirada; para ello nada mejor que detenerse y contemplarla. Representa también el pundonor, el carácter varonil y la resolución capaz; la sagacidad, la previsión y la oportunidad.

Otro monumento, con la belleza de las proporciones y los nobles rasgos de su dueño, es el de don Manuel de Candamo Iriarte. Presidente de la República (1895, 1903/1904) ahora en su nuevo emplazamiento dentro de los jardines inmediatos al Centro de Estudios Histórico Militares y el Instituto Libertador Ramón Castilla, del paseo Colón. El fundador del Partido Civil que habría de fallecer en los albores de su gobierno, elegante caballero vestido de levita; posiblemente nos siga con la mirada sorprendido de nuestro extraño atuendo.

 Manuel Candamo Iriarte

Lima ha consagrado en el bronce a dos militares extranjeros con las galas de la monumentalidad y el esplendor: al generalísimo José San Martín Matorras cruzando los Andes, jinete del típico criollo cabeza de carnero, tan útil en las pampas y el rodeo, bestia leal y resistente del gaucho y del arriero. Singular conjunto ecuestre que se yergue desde 1921 en un espacio que antes abrigaba la estación de trenes de San Juan de Dios, hoy Plaza San Martín y muy cerca de la desaparecida plaza de Micheo.

El primer Congreso Constituyente convocado en el Perú, contemplaba en su histórica primera agenda -22 de septiembre de 1822- la solicitud de renuncia al cargo de Protector del Perú del General San Martín, tema que debate y aprueba, igualmente, sin mayor oposición, que el Perú sería república. Se habría de contrariar de esta manera el caro deseo del generalísimo quien abogaba, sin dislates, por la monarquía constitucional como el medio apropiado para gobernar el Perú. No en vano se habían sucedido en el mando del imperio y del virreinato, catorce incas y cuarenta virreyes. La república democrática olía a novedad y anarquía. El olor se ha extendido hasta nuestros días, pero algo más cargado de anarquía que de novedad.

Educado desde temprana edad como cadete de las tropas isabelinas en España, San Martín, templado por las luchas contra el yugo de Napoleón, y las permanentes contra las tribus del Marruecos español sumado a su acuartelamiento en Cádiz, pronto sustituyó su acento argentino, para adaptar el contagioso dejo andaluz que mutila la última letra de las palabras y; de paso, arrancar con la guitarra fandangos, rumbas y bulerías. En Lima causó sensación en los círculos sociales el militar argentino, de tez morena y hablar gaditano.

San Marín, Lima

La hermosísima estatua ecuestre, levantada en memoria del mariscal Libertador del Perú, (1824/25) Simón Bolívar Palacios, grancolombiano, nacido en Caracas, actual Venezuela, es un modelo de proporciones. La grandeza pública del marcial jinete sólo fue eclipsada por las ansias de poder vitalicio que le embargaban.

Irónicamente, la erección de este monumento fue aprobada, año después, por quien alguna vez sufrió arresto por directa orden del Libertador al devolverle respuesta digna: el coronel Ramón Castilla. Una reproducción de esta figura ecuestre luce orgullosa en la ciudad de Caracas. El original, notable trabajo de la más fina factura, en bronce y mármol, obra de los escultores, el italiano Adán Tadolini y el alemán Müller, superintendente de la fundición de Münich, y el pedestal del italiano Felipe Guacarini se levanta en la Plaza del Congreso, antaño plazuela del Estanque, de la Caridad, de Rivera el Mozo, de la Recova, de la Universidad, de la Constitución, de la Inquisición y Plaza Bolívar, que predomina.

Bolívar, en Lima

El Libertador había de ser notable con la espada y la pluma, en ambas diestro, su rasgo importante radica empero en su atildada prosa y rico vocabulario. José Antonio de Sucre y Alcalá, el Mariscal de Ayacucho, sería el realizador de la grandeza de Bolívar. Grupo ecuestre que inmortaliza al general cumanano, brazo derecho del Libertador caraqueño, se yergue magnífico dentro de aquella plazoleta del área del Parque de la Exposición. Copia de ese monumento a Sucre luce la Plaza Mayor de la ciudad de Huamanga. Fue asesinado en las montañas de Berruecos, en el Ecuador.

Escondido entre las verjas del Parque de la Exposición, raudo, como si quisiera alcanzar la calzada de la Avenida Arequipa, con su típico caballo de paso peruano, vestido con el poncho, pañuelo al cuello y aprestos costeños, el puertorriqueño don Fermín Tangüis, borincano de nacimiento y peruano de corazón, lleva suave la rienda y la mirada digna y calma mientras su jaca de fina ambladura le transporta en eterna actitud. En su fundo Urrutia, de los campos de Pisco se cultivaba, a salvo de las plagas, el injerto del estupendo algodón peruano que los expertos de Liverpool bautizaron con su apellido germano en 1910.

Fermin Tangüis

Nada más representativo en los barrios altos y la plaza Santa Ana que el milanés Antonio Raimondi Dell’Accua; viajero conspicuo del Perú del ochocientos; no se cansa permanecer de pié -investiga algún espécimen- la mirada fija con la lupa ante los ojos.

 Raymondi

Sus preciosos tomos El Perú y Atlas del Perú, esperan olvidados en busca de algún mecenas para su reproducción y divulgación. ¿Qué nos pasa señores?

Militares, más que civiles tienen asegurada la memoria ciudadana en el mármol y en el bronce, por lo menos en Lima. Pero nadie escatimará que en su tiempo los hechos que produjeron fueron paradigma que les ha reconocido la posteridad de un monumento.

El protomédico ariqueño, don Hipólito Unánue Pavón, editor de El Mercurio Peruano, célebre periódico que llegaba a sus suscriptores por entregas en el formato de cuartilla, fue en los albores coloniales y todavía lo es, fuente de conocimiento del Perú. El mármol que perenniza al sabio lo muestra en actitud sedente en el precioso patio de la Facultad de Medicina San Fernando, a la vera de la remozada Av. Grau.

En bronce y sobrio pedestal de mármol de fina factura, se luce don Bartolomé Herrera, sentado de espaldas al antiguo local de la Universidad Mayor de San Marcos en el Parque Universitario; el eminente e ilustrado clérigo arequipeño nacido en 1808 y fallecido en 1864, con un ademán de la mano expone… educado en el célebre Convictorio de San Carlos, fue esclarecido pensador, conservador ultramontano por esencia, y consecuente antiliberal.

Del lado del Hotel Lima Sheraton, por la Avenida Wilson, el mestizo cusqueño Inca Garcilaso de la Vega contempla la Lima bullanguera, cargada de hollín, tráfago de vehículos y ambulantes. Posiblemente medita este desconcierto en su fresca y acogedora casa en la lejana Córdoba, preocupado por qué el Perú aún no la ha adquirido. Prepara en tanto, subido sobre su pedestal en Lima, algunas notas para sus Comentarios

Garcilaso

Una fontana con el dios Neptuno, tridente, peces y ninfas luce espléndido; es la única muestra de ese tipo a la romana en todo el Perú, se ubica dentro del área cercada del parque Neptuno en la Av. Wilson. ¿Nuestra Fontana Trevi?

Otro, totalmente en mármol, obsequio de la colonia China por el primer centenario de la Independencia del Perú, se levanta a un lado del Palacio de la Exposición o Museo del Arte, en el Paseo Colón. El agua que vierte de un cántaro un niño desnudo puede tener efectos hipnóticos si se sostiene la contemplación.

Entre el bosquecillo de ficus, con borde a la Avenida a la que ha prestado su nombre, la Patria agradecida extiende la mano al almirante Berguesse du Pettit Thouars. Mármol y bronce ricamente trabajados. La decidida conducta del comandante de la escuadrilla francesa, surta en el Callao, desalentó al engreído vencedor de San Juan y Miraflores de la destrucción de Lima después de los luctuosos 13 y 15 de enero de 1881.

El porte militar, jinete de buena monta, del mariscal Andrés Avelino Cáceres Dorregaray es el motivo principal de una plaza en Jesús María. El Brujo de los Andes, dolor de cabeza del invasor chileno, fue admirado -y de hecho se constituyó en constante invitado- en la Prusia del Kaiser Guillermo I. El mariscal quien representó al Perú en Berlín solía acudir con alguna regularidad por invitación del emperador al Schloss aus Charlottenburg, para narrar al monarca episodios de la campaña de la Breña. Servía de intérprete a tan distinguidos personajes el coronel cajamarquino Julio C. Guerrero, ayudante del mariscal. (Ver)

Cáceres

Alegórico más que expresionista, lanzado su caballo hacia el espacio, no permite que la enseña patria sea presa del enemigo quien, por antonomasia, es el portaestandarte del Perú. Muy lejos de su casa solariega de la quebrada de Aroma en Tarapacá, donde transcurrió su infancia, el bizarro coronel Alfonso Ugarte Vernal, ahora cabalga en la limeña Av. Javier Prado. Ese salto del Morro, que inmortalizó en Arica la mañana del 7 de junio de 1880, es tema que no se olvida y su impronta grabada en acero retempla el alma de todo peruano, pero aún más si se trata de cualquier ex alumno del colegio que lleva su nombre.

 

Alfonso-Ugarte

José Santos Chocano, dice de Alfonso Ugarte:

“………………………………………………”

“De pronto en un corcel, entre el tumulto

que arrolla el invasor, rápido avanza

Alfonso Ugarte; esgrime un meteoro.

Tal en las sombras del dolor oculto

brilla, a veces, un rayo de esperanza…

Es blanco su corcel (cascos de oro

y pupilas de Sol). Rasga la bruma

como flecha veloz; y sobre el alta

cumbre, erguido en dos pies, salpica espuma

con relinchos de horror… ¡y luego salta!

Estrellóse, por fin, en la ribera,

y la ola, al besarlo, lastimera,

lo envolvía en la mortaja de su espuma;

mientras un solo instante, uno tan sólo,

detuvo su fragor la lucha fiera;

que todos, todos, con sorpresa suma,

parecían mirar entre la bruma

el rayo aún de esa veloz carrera…

Muy próximo al monumento del coronel Ugarte se alza el de otro distinguido militar en la avenida Javier Prado en el crucero con la avenida Pershing, es la magnífica estatua ecuestre del general argentino Mariano Necochea, tantas veces herido por lanza y sable pero vencedor de la Independencia.

 

Mariano Necochea

Las estatuas de Lima, pálidamente descritas, son trasunto de nuestra historia, algunas de ellas producto del cincel de maestros sin par.

Fuentes gráficas:

Monumento al Generalísimo San Martín.- Fotografía del señor Pedro José Abad.  http://accidentetranvia.blogspot.com/

Bolívar.- Internet

Pando, 19 de abril, año 2004.

Publicado por Luis Siabala Valer Etiquetas: ayudante, Cajamarca, Cáceres, Guillermo, Kaiser, Prusia en 4:39

3 comentarios:

Alejandro Reyes Flores dijo…

He visto y leído tu artículo, siempre provocador y sugerente sobre algunos monumentos de Lima, yo estoy en ello en la zona de los Barrios Altos. Terminé el año 2009 escribiendo y he comenzado el 2010 escribiendo, lo había determinado así, quizás sea una manera de exigirme más. Lo de los Barrios Altos, está resultando un “hueso duro de roer”, me está costando bastante, pero lo estoy haciendo con gusto, voy saliendo de la “maraña” de información, espero terminarlo este año, es el objetivo que me he fijado. Espero conseguirlo para entrar de lleno a los sobrevientas de la Guerra del Pacífico. Lucho, un fuerte abrazo y siempre expedito para vernos y charlar con Jorge, Palacios y otros amigos.

Alejandro

2 de enero de 2010, 13:19

Rafael Córdova Rivera dijo…

ESTIMADO LUCHO, COMO SIEMPRE TUS ARTICULOS SON DE GRAN FACTURA HISTORICA Y MONUMENTAL…CREO QUE GUERRERO, SECRETARIO DE CACERES Y EDITOR EN ALEMAN DE LA REVISTA ¨¨DE RE BELLICA¨¨, FUE JULIO C. GUERRERO, CON QUIEN TENEMOS UNA DEUDA MONUMENTARIA Y MONUMENTAL

FELICITACIONES

RAFAEL

3 de enero de 2010, 7:24

José Abad dijo…

La descripción de estas esculturas provoca una gran emoción y nos hace reflexionar sobre la carencia de modelos y líderes en los tiempos actuales.

Bello artículo, don Luis Siabala, ha vuelto a la vida a aquellas estatuas que son referentes de calles, plazas e instituciones.

Quizás Francisco Pizarro le reclame a su pluma y otras también quisieran contarle como han “caminado” por la ciudad ya que no se encuentran en el lugar donde por primera vez se les rindió homenaje.

16 de julio de 2010, 12:07

DOMINGO, 3 DE DICIEMBRE DE 2006

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Uno de los capitanes de Bolognesi

JUEVES, 22 DE ABRIL DE 2010

 roque-saenz-pena1

General Roque Sáenz Peña Lahitte (Buenos Aires 1851 – 1914)

 Héroe del Morro de Arica

Presidente de la Argentina

Personajes de la Guerra del Salitre

 Infantería

El monumento que se levanta en Lima en el distrito de San Isidro, muy cerca de la intersección de la avenida Javier Prado con Camino Real, conserva la memoria de un personaje militar atado a la historia nacional con los vínculos de la sangre derramada en Tarapacá y Arica, se trata del capitán argentino, teniente coronel y posteriormente general del ejército peruano, don Roque Sáenz Peña Lahitte, uno de los pocos sobrevivientes del asalto chileno al Morro de Arica el 7 de junio de 1880.

 Asalto al Morro de Arica

El asalto al Morro de Arica. Juan Lepiani (1895) Museo de los Combatientes del Morro. Lima

En la batalla de Tarapacá (27 de noviembre de 1879) sirve bajo el mando del coronel Andrés Avelino Cáceres, cuando se obtiene un triunfo aplastante aunque transitorio sobre las tropas de Chile.

Uno de los lados del pedestal de su monumento en Lima registra el mensaje que expresa la razón por las que nuestro actor hizo las armas por el Perú en horas de guerra:

Palabras de Roque Saenz Peña_picnik

Placa en el monumento al General Roque Sáenz Peña, Lima, Av. Javier Prado

7 de junio de 1880.- Producida la pérdida del Morro después que el puñado de hombres de Bolognesi vendiera caras sus vidas, en medio del tropel y el tráfago de los instantes postreros, Sáenz Peña, herido en el brazo derecho, contempla el tendal de cadáveres entre los que destaca el del anciano jefe de la plaza y sus comandantes; de inmediato el capitán argentino y comandante peruano, segundo jefe del batallón Iquique es tomado prisionero. Su primer jefe, coronel Alfonso Ugarte, pocos instantes atrás se había lanzado del morro bandera en mano jinete de su brioso alazán, para pasmo de propios y extraños (Ver).

Ajeno a cualquier pedido por salvar la vida mantiene el porte militar ante su captor, con la dignidad de un soldado que acaba de ser vencido pero contagiado del valor de subordinados y camaradas que han muerto firmes en el cumplimiento de su deber. Viste levita azul negra, como de marino; el cinturón, los tiros ausentes del sable, encima de la levita; pantalón borlón, de color un poco gris; botas granaderas y gorra. A primera vista se descubre al hombre culto, de mundo. Antes de abrigar la carrera de las armas se había recibido de abogado.

Así, consideraciones de esa naturaleza de dignidad, valor y el de su nacionalidad argentina le alejan del pelotón de fusilamiento y pasa como prisionero, entre los poquísimos que quedaron con vida en aquella valiente jornada en las alturas de la histórica mole al sur de Tacna. Más tarde será entregado a la superioridad militar que lo deposita en la Aduana y después embarca en el vapor Itata.

Roque Sáenz Peña queda sometido a un consejo de guerra y se le confina cerca de Santiago de Chile. Puesto en libertad luego de tres meses, a instancias de su familia y del gobierno argentino, regresa a Buenos Aires en septiembre de 1880. El Congreso de la Nación Argentina, en voto unánime, le devuelve la ciudadanía argentina, que había perdido de jure al incorporarse al ejército peruano.

 Bolognesi y sus comandantes

En la foto (junio 1880), Roque Sáenz Peña (primero de derecha a izquierda) junto a los oficiales del coronel Francisco Bolognesi, previa a la batalla del Morro. Existe duda con relación a que el grupo de los distinguidos jefes del staff que aparecen con el ínclito coronel Bolognesi fuere quienes posaron para esta toma pues su autenticidad no estaría certificada. Como quiera que se trata de la foto que se exhibe en la Casa de la Respuesta en el puerto de Arica la coloco en esta crónica con la recomendación que sea efectuada o expresada tal verificación, pues la verosimilitud merece un estudio de expertos en historia del arte y aquellos que tienen jurisdicción y competencia para ello en materia fotográfica, asunto que me permito recomendar sea atendido por la autoridad competente

Buenos Aires, 19 de marzo de 1851.- Nace Roque Sáenz Peña, hijo de Luis Sáenz Peña, presidente de la nación de 1892 a 1898 y Cipriana Lahitte de Sáenz Peña. Provenía de una familia partidaria de Juan Manuel de Rosas; sus abuelos paterno y materno, Roque Julián Sáenz Peña y Eduardo Lahitte, habían sido diputados de la Legislatura durante el gobierno de aquel. Después de la derrota de Rosas en la batalla de Caseros, la tradición federal de los abuelos y del padre, que no cambiaron sus convicciones, los mantuvo alejados de la función pública.

Cursó sus estudios secundarios en el Colegio Nacional de Buenos Aires. En 1875 se graduó de doctor en Derecho.

Durante la Revolución de 1874 defiende a las autoridades de la nación como capitán del regimiento N° 2. Vencida la revolución, es ascendido a Segundo Comandante de Guardias Nacionales, pero solicita ser relevado de filas. Opositor a Mitre, milita en el Partido Autonomista y en 1876 es elegido para una banca de Diputado en la Legislatura de la Provincia de Buenos Aires. Llegó a desempeñar la presidencia del cuerpo a los 26 años, siendo así uno de los presidentes más jóvenes de la Cámara. En 1878, a raíz de las disidencias producidas dentro del autonomismo con motivo de la política de conciliación iniciada por el presidente Avellaneda a la que Sáenz Peña se oponía, renunció a su cargo y terminó por abandonar transitoriamente la política.

Al declararse la guerra entre Chile y Perú, en 1879, se ausenta silenciosamente de su país y viaja hacia Lima. Ofrece sus servicios al Perú, que le otorga el grado de Teniente Coronel (Comandante). Con este grado pelea en San Francisco, Tarapacá y el Morro de Arica.

23-gral_ roque saenz pena_ inauguracion monumento a bolognesi 1905 copia

 Como Jefe de Línea, en uniforme de general de brigada, desfila por Lima en junio de 1905

Lima, miércoles 7 de junio de 1905.- En esa fecha, veinticinco años después de la famosa gesta, huésped del Perú en reconocimiento a su actuación durante la guerra del Salitre, es invitado oficialmente para inaugurar el monumento al héroe peruano Francisco Bolognesi Cervantes en la amplia plaza de su nombre. Es el primer gobierno del doctor José Pardo y Barreda (1904/08) Pronuncia un encendido discurso, pieza elocuente de épica retórica que ahora reproducimos; recibe la medalla de oro que se le otorga por ley del Congreso y los galones de general de brigada del ejército peruano.

 Bolognesi, por Querol BN

 Detalle del magnífico monumento al Héroe del Morro, del escultor español Agustín Querol y Subirats, ahora en el castillo del Real Felipe, Callao

Su discurso:

Coronel Bolognesi: uno de tus capitanes vuelve de nuevo a sus cuarteles, desde la lejana tierra atlántica, llamado por los clarines que pregonan tus hechos esclarecidos… llegamos a honrar sus actos que te dieron el renombre en la hora justa y en su momento histórico cuando ya no gravitan sobre la tierra sino escasos eslabones de tu generación.

Señores: le conocí batallando sobre el Cerro de Dolores… llegó a Tarapacá y conquistó el laurel marcial… fue en Arica donde me honró con su amistad, en esa relación íntima de una guarnición bloqueada.

Pelearemos hasta quemar el último cartucho, soberbia frase de varón, con digno juramento de soldado… y el juramento se cumplió por el Jefe y por el último de sus soldados.

Coronel Bolognesi: tus sobrevivientes te saludan, todos rodeamos tu monumento, no falta a esta cita ninguno de tus soldados y todos venimos a refrescar en el recuerdo las horas gratas de tu dulce amistad y a sentir las emociones y regocijo de tu pueblo en esta fecha nacional, porque a los muertos ilustres no se lloran: se saludan, se aclaman y se veneran…

En 1906 el gobierno de José Figueroa Alcorta lo designa representante extraordinario para asistir a los actos de la boda de Alfonso XIII de España. Allí es nombrado enviado extraordinario y ministro plenipotenciario ante España, Portugal, Italia y Suiza. De regreso a la Argentina, en 1907 es nombrado para encabezar las misiones diplomáticas en Suiza e Italia. Llegado a Roma, recibe instrucciones de su gobierno para representar al país en la segunda Conferencia de Paz de La Haya; allí sostendrá una posición favorable a la creación de un tribunal internacional de arbitraje.

En 1909 forma parte del tribunal arbitral que lauda las diferencias entre Estados Unidos y Venezuela. Su misión diplomática ante los gobiernos italiano y suizo se prolonga hasta 1910; en Italia se enterará de su proclamación como candidato a Presidente de la República. Su candidatura era apoyada por los partidarios de incluir a las minorías en el sistema político.

Presidente de la Nación.- El comicio electoral de 13 de marzo de 1910, lo elevó a la primera magistratura. Asumió la presidencia el 12 de octubre de 1910.

Bajo su mandato se vota la ley electoral basada en tres elementos clave: el voto secreto, obligatorio y universal, utilizando el padrón militar. La ley fue un gran avance en su tiempo ya que permitía a grandes masas participar del acto electoral, aunque aún distaba de ser completamente universal: las mujeres y los extranjeros (que por entonces eran una gran parte de la sociedad) aún no tenían derecho a voto. Además, aunque los extranjeros no votaban, en cambio eran tenidos en cuenta al determinar la población de los distritos y la cantidad de diputados que podían elegirse por cada uno. Esta sería proclamada el 10 de febrero de 1912 como Ley N° 8871, conocida desde entonces como “Ley Sáenz Peña”.

Fallecimiento.- Desde el momento de su asunción como presidente, su salud no era buena, pero empeoró sensiblemente a partir del año 1913. Finalmente delegó el mando presidencial en su vicepresidente Victorino de la Plaza.

Murió el 9 de agosto de 1914, dos años antes de terminar su mandato. Yace en el cementerio de la Recoleta de la capital bonaerense.

Su figura es recordada en el Perú, algunas ciudades de han dedicado una calle con su nombre o levantado monumento en su memoria. El puerto del Callao tiene por avenida principal la céntrica Sáenz Peña.

General Roque Saenz Peña

Monumento al general Sáenz Peña en la Av. Javier Prado, Distrito de San Isidro, Lima

Fuentes:

Wikipedia, la principal.

http://www.biografiasyvidas.com/biografia/s/saenz_pena.htm

Fotos:

Internet

Mármol y monumento en la Av. Javier Prado, del autor.

Publicadas por Luis Siabala Valer Hora 1:33:00

Etiquetas: argentino, Arica, brigada, Buenos Aires, capitán, general, Javier Prado, monumento, Tarapacá

6 comentarios:

Rafael Córdova Rivera dijo…

EXCELENTE ARTÍCULO. HERMANO LUCHO…COMO BIEN SABES EL MONUMENTO DE QUEROL A BOLOGNESI FUE CRITICADO POR MANUEL GONZALEZ PRADA Y POSTERIORMENTE REEMPLAZADO

UN ABRAZO

RAFAEL

22 de abril de 2010, 22:53

Carlos Urquizo dijo…

Está muy generalizada la creencia de que el mundo político corrompe a las personas que viven dentro de dicho ambiente, pero este interesante artículo nos muestra un ejemplo real de que la persona que tiene sólidos principios morales, no será contaminada.

En efecto, Roque Sáenz Peña nació en el seno de una familia eminentemente política, sin angustias económicas y lógicamente sus actividades durante su vida fueron de índole política.

Sin embargo entre los 29 y 30 años de edad, abandonó su hogar y su patria, llegó al Perú donde según reza su mensaje labrado en el pedestal de su monumento, cuya fotografía el Dr. Siabala ha reproducido en este artículo, rechazó a los intereses subalternos, reconoció con impresionante claridad el llamado de la Patria Grande (Sur América) a sus hijos de todas las nacionalidades y con una generosidad saturada de la más pura nobleza, se incorporó al ejército peruano para luchar contra el agresor chileno, acción que casi le costó la vida. Después Sáenz Peña volvió a su país, donde continuó una destacada carrera política.

En nuestro Perú, no exigimos a los políticos que se inmolen por América, pero ¿Sería mucho pedir que rechacen las tentaciones ilícitas y ofrenden lo mejor de sus habilidades para legar a nuestros descendientes un Parú mejor que el actual? ¡Después de todo esa es la obligación principal de su trabajo!

Carlos Urquizo

25 de abril de 2010, 21:57

Marco Antonio dijo…

Estimado Lucho:

Además de muy bien escrita (como ya nos tienes acostumbrados), la nota es muy importante para el momento actual porque la integridad de un hombre como Roque Sáenz Peña se hace extrañar ante los escándalos que genera el comportamiento de algunos políticos así como de algunos hombres de armas.

Es muy importante la reseña que haces de la vida de Sáenz Peña antes de servir en el Ejército Peruano… No es un chispazo. Es toda una trayectoria de vida ejemplar que empieza en el hogar. Me hace pensar que muchos de los hogares Peruanos tienen que estar muy mal para dar tales frutos como los que nos escandalizan hoy.

Muchas gracias por darnos la oportunidad de “respirar aire limpio”.

Marco Campos

30 de abril de 2010, 18:02

José Abad dijo…

Muy buen post en homenaje a un gran personaje de nuestra historia.

Hay una nota sobre la estadía en Lima de Roque Sáenz Peña en:

http://accidentetranvia.blogspot.com/2010/02/presidente-argentino-tuvo-accidente-con.html

19 de mayo de 2010, 18:30

Juan Pablo Vitali dijo…

Estimado amigo:

En nuestra pasada historia, difícil era el combate pero glorioso. La duda y la ideología no emponzoñaban al extremo la política como ahora. Éramos criollos en un sentido amplio e inclusivo, que nos permitía construir patrias como las nuestras, y que fueran también una sola patria.

El ejército peruano ha sido siempre un ejército valiente, sanmartiniano, orgulloso, y sólo la miopía o la mala intención de nuestras dirigencias, ha hecho que nuestra unidad no sea mayor.

He sido educado en una forma de pensar que evita la dialéctica izquierda y derecha, capitalismo y marxismo, explotación y resentimiento, blancos y aborígenes, y tiende a la superación constructiva de las contradicciones, mediante una identidad original y unas respuestas también propias a los problemas.

Creo que esa idea, esa forma de actuar y de pensar fue un el criollismo, y puede que a la luz del iluminismo resulte algo conservador, pero ser conservador contra el sentido del mundo implica también de algún modo ser revolucionario.

En el museo histórico nacional de Argentina está la primera bandera peruana que dibujó San Martín. El museo está prácticamente cerrado como lo está la Argentina. Perú debería reclamar esa bandera que le pertenece por derecho, después de todo, su ejército ha resultado ser más sanmartiniano que el argentino.

Mi más cálido saludo y agradecimiento por haberse acordado de mí y enviarme su bello artículo.

Juan Pablo Vitali.

Buenos Aires, Argentina

10 de septiembre de 2010, 19:53

alegguay dijo…

Excelente la reseña y los comentarios d este héroe de la causa Americana. Si alguno conoce y sabe de algún libro o escritos de Sáenz Peña en la Guerra del Pacifico por favor páseme el dato lo agradeceré. Desde mi querida Patria Argentina un gran abrazo.

Gaston Lombardi Bohowicz

Prof. de Historia

25 de febrero de 2011, 14:02

Una casa de la calle de Afligidos


Lima. Calle de Afligidos, boceto de L. Angrand, 1838

Calle de Afligidos. Leonce Angrand; lápiz; mayo 1838

Batalla del Morro de Arica, 07061879

Juan Lepiani, Asalto al Morro. Primera cuadra del Jirón Cailloma

A pocos metros de la esquina que forma la calle de la Veracruz con la de Afligidos, una de las del antiguo Jirón Lima, ahora Conde de Superunda, se yergue una casa de dos plantas y líneas sencillas, acaso producto de la influencia italiana del s. XVIII de las escasas que aún se pueden ver en Lima. El clásico portón abre a un zaguán con patio embaldosado.

La placa de bronce nos dice que se trata del Museo de los Combatientes del Morro.

El Morro, un sencillo sustantivo que es una oración. Para los peruanos cuyo largo litoral patrio presenta notables accidentes geográficos, no dudamos a su sola mención no pueda ser otra que la del Morro de Arica, célebre por la resistencia y holocausto de un pequeño contingente de soldados peruanos que lo defendió con denuedo hasta sucumbir del abrumador asalto de los regimientos chilenos, la mañana del lunes 7 de junio de 1880.

La tropa hambrienta, pero siempre erguida,

no implora una limosna de la Suerte;

es como una avanzada de la Vida

que presenta sus armas a la Muerte… [1]

Entremos:

Restaurada la vieja morada, destina ahora sus habitaciones para museo, fue el lugar del nacimiento y vivienda del coronel Francisco Bolognesi Cervantes y la de su familia. [2]

En el patio, bastante bien cuidado presenta su robusta mole un cañón Voruz, modelo de 1866, como los usados en la defensa del Morro y volados por sus sirvientes en momentos decisivos de la pelea. También otro pequeño de bronce y de avancarga de la fundición nacional de Morales Alpaca. Oleos de militares en hierática actitud, uniformes de fino paño, con los vivos del arma a los lados del pantalón; documentos impresos y hojas a pluma y tinta, objetos de uso personal y menudos otros efectos del dueño de casa…  un libro de esgrima, otro de vieja factura sobre asuntos militares…

Alfonso Ugarte

Una sala lleva el nombre del coronel Alfonso Ugarte Vernal. Allí se puede apreciar el magnífico óleo, en toda su magnitud. Visión tremenda la de ese jinete ya en su salto inmortal; es el jefe del batallón Iquique No. 1, lanzado al abismo en su caballo, en una mano empuña con seguridad y confianza la bandera nacional; pero en la diestra, todavía amenazante, alza su sable roto. La hueste contempla asombrada a ese centauro en trance de héroe.

De pronto en un corcel, entre el tumulto

que arrolla el invasor, rápido avanza

Afonso Ugarte; esgrime un meteoro.

Tal en las sombras del dolor oculto

brilla, a veces, un rayo de esperanza…

Es blanco su corcel (cascos de oro y pupilas de Sol).

Rasga la bruma como flecha veloz; y sobre el alta

cumbre, erguido en dos pies, salpica espuma

con relinchos de horror… ¡y luego salta!

B14

Otra sala es dedicada al teniente coronel, Roque Sáenz Peña Lahitte, primer jefe del Batallón Iquique Nº 33. Se ve, entre los reflejos de luz en los cristales de la vitrina, aquél uniforme de general peruano que lució como jefe de línea, en 1905, cuando llegó de la Argentina, su tierra natal, con motivo de la invitación que le hizo el gobierno para la inauguración del monumento al Héroe del Morro, en su condición de ilustre superviviente.

Salas contiguas exponen bustos, uniformes, cuadros, relación de tropas, los amarillentos planos en pergamino de los cañones Vavasseaur de campaña, traídos de Inglaterra por Bolognesi durante el gobierno de Castilla y otros valiosos documentos de aquella acción y sus protagonistas.[4]

Los auténticos sanitarios de la casa, en el último recinto de ese lado, son de loza, propios del siglo XIX, lucen en ellos el monograma con la marca del fabricante. En la sala contigua, de por medio un pasadizo, se exhiben muebles de la época colonial con las armas del halcón bicéfalo de los Habsburgo, los Austrias Menores; en una vitrina finos cubiertos y loza de la casa. Al fondo un pequeño patio y la cocina con una hermosa y robusta estufa de hierro admirablemente conservada con sus hornillos, marmitas, ollas de hierro, depósito de carbón y cenicero; la negra enhiesta y larga chimenea  perfora el segundo piso rumbo al techo.

En la segunda planta, un cristal protege el diorama a escala del Morro con las señales del desplazamiento de los atacantes, posiciones de los defensores y el relieve del campo de operaciones el día de su épica defensa. En la sala inmediata aparecen fusiles Comblain, arma oficial de los chilenos; también Chassepot, Minnie, Winchester, Remington y otras de la varia colección que usaron los peruanos, amén de la munición para servirlos. Bayonetas, espadas, sables, yataganes.

El recinto contiguo, posiblemente el dormitorio principal, alberga, a mi juicio, el alma evocadora de la casa convertida en museo: pende de una de las paredes el celebrado cuadro, obra del pintor Juan Lepiani, El Asalto del Morro.

Describe con épico dramatismo el momento culminante de la batalla y la muerte del anciano defensor de la plaza. Este valioso óleo produce la necesidad de alguna, aunque pálida, somera mención:

Entre marcos de madera en pan de oro, ocupa gran parte de la pared; es la visión panorámica de la numerosa hueste atacante en su uniforme azul y rojo. En primer plano se lucha cuerpo a cuerpo a la bayoneta. Un puñado de marinos peruanos, de azul oscuro, con su clásica gorra con la pretina bordada donde se lee Independencia, pelea obstinado y confundido, codo a codo, al lado de soldados de línea peruanos en uniforme blanco; se trata de los supervivientes del naufragio de la fragata Independencia en la escollera de Punta Gruesa la mañana del 21 de mayo de 1879.

Ese resuelto grupo, entonces indefenso por el estado de naufragio en que se hallaba, busca ahora la muerte en tierra. Es un simple puñado de marinos convertido en infantes en su hora postrera  subido en la cima de ese peñasco cargado de arena salitrosa y sangre.

Un soldado chileno blande un fusil tomado por el cañón y se dispone a descargar, resuelto y fiero, el violento peso de su culata sobre la blanca cabeza del anciano jefe de la plaza, quien caído se acomoda en actitud de disparar su revólver, para entonces ya habría quemado el último cartucho, así lo tenía prometido. A su lado y en su torno un tendal de muertos, entre ellos el teniente de navío, don Guillermo More, yace exangüe libre ya de los pesares del inesperado naufragio y la pérdida de su nave, había entregado la vida en tierra como un simple soldado, viste el uniforme de los jefes de la armada nacional, al lado su espada con la dorada dragona.

Un soldado peruano tiene pasado con su bayoneta a un infante del Rancagua, quien mortalmente herido acusa el terrible trance. Cerca, un grupo de enemigos rodea al coronel argentino Roque Sáenz Peña, adherido a la causa nacional, hermanado al grupo de resueltos capitanes que secundaron a Bolognesi en su deseo de defender el Morro. Respetan y protegen la vida del jefe aliado por haberlo ordenado así uno de sus oficiales.

El fin está próximo…

Llueve el plomo, se rasga la bandera,

se destempla el clarín; y roncamente,

la invasión adelanta y adelanta;

y caen los soldados, a la manera de las espigas

cuya altiva frente el granizo quebranta…

La visión de conjunto que se muestra del cuadro, somete el alma, pero más aún el marcial detalle: Vivos colores de soldados enconados en lucha fiera, fornituras de cuero y lona al cinto, correajes enhebillados, cantinas, yataganes, sables dispersos por doquier… esgrima a la bayoneta; por el fondo y de los lados, entre volados cañones, nuevo refuerzo del enemigo sube y flanquea a los escasos defensores; el duro suelo de aquel magnífico peñón se empeña en beber sangre destinada a la inmortalidad.

Coronel Francisco Bolognesi Cervantes

Al retirarme de esa morada, convertida en museo, hay una impresión en el alma, es la impronta del pasado estampada en la matriz del recuerdo. La casa de la calle de Afligidos.

El largo Jirón Cailloma termina en la cuadra que lleva el curioso nombre de Monopinta. Las intermedias son Argandoña, Calonge, Puerta Falsa del Teatro, Acequia Alta, Villegas.

Calle abajo, el invisible vate me susurra al oído…

El desgarrado grito

del vibrante clarín pregona al viento que la silente paz del infinito

ha bajado también al Camposanto… [6]

[Ver]

Lima, 7 de junio; 2007.

Notas al final de página

Grabados:

El Asalto del Morro. Juan Lepiani. Museo de los Combatientes del Morro de Arica, Lima – Perú

Calle de Afligidos, apunte a lápiz de Leonce Angrand. 1838. Ed. Milla Batres. 1972

[1] José Santos Chocano, La Epopeya del Morro, I, En Espera. Poema Americano. (Premiado con medalla de oro por el Ateneo de Lima. Lima 1899)

[2] Durante el gobierno que presidió el general Juan Velasco Alvarado.

[3] Obra citada. VI Fin del Asalto.

[4] Con el sello: London Ordnance Works – J. Vavasseaur – South Work St. London S. E.

[5] Obra citada. IV El Asalto.

[6] Obra Citada III Antes del Asalto.

Fotos:

Friso del monumento al coronel Bolognesi en la plaza de su nombre en Lima. El autor

Coronel Bolognesi, INTERNET

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